Monotonía y conversaciones con el corazón...

Sí, es ella. Reconocería su pelo en cualquier enredo, y sus piernas.. También sé que le encanta el café solo, pero que lo prefería conmigo.

Por eso está ahí. Sola.

Me acuerdo de ese vestido. Y de las medias que ahora mismo envuelven toda esa fuerza con la que pisa el adoquín. Es ella. Y no la confundiría con ninguna simplemente porque ella va más allá; siempre llegaba tarde a nuestras citas, nunca me besaba como yo quería en público, y solo a veces me dejaba ser yo quien preparase el café.. Pero aún así era ella la que sabía sonreírme de esa manera tan suya. De esa única forma que conseguía envolverme y morderme el cuello a través de kilómetros.

Es extraño que le recuerde tanto, lo sé, y que hasta aún sepa a qué le huele la piel, pero es que esa espalda levantó mis cuerdas del fondo; ella me salvó. Me sacó de ese bucle vicioso en el que me metí yo solo, y además, consiguió que la abstinencia fuese menos dolorosa gracias a dejarme esnifar las ganas de vivir que amanecían cada mañana en su nuca.

Ella mataba y revivía. Era el infierno que se fundía en mi boca y, aún sin alcohol, sus copas conseguían ser las más etílicas.

No me preguntes por qué me ha dado por pensarla tanto hoy. No lo entiendo ni yo. Pero creo que en el fondo me duele que haya conseguido aprender a tomar café sin mi, y más aún que sus vestidos se deslicen por su cuerpo y posen en el suelo sin mi ayuda.

Me duele no tenerla y me duele dejarla sola y sin azúcar. Pero sé que está mejor sin mi; mejor sin hablar en plural, mejor sin nosotros.


Respondiendo a las preguntas tontas de mis amigas, supongo que gracias a ellas me conozco un poco más...

— Oye, ¿Y tú por qué odias la Navidad?
— No es que la odie, pero sí odio que me hagan disfrazarme de princesa la noche que más me apetece ser Cenicienta; vestida con una camisa cualquiera, sin zapatos y en bragas.
También odio que me obliguen a quedarme viendo alguno de esos conciertos pregrabados donde los famosos sonríen de oreja a oreja y nos desean 'todo lo mejor en este día' habiendo grabado el programa en Octubre, ¿Me entiendes? ¿No crees que no hay mayor falsedad que la de desearnos una 'feliz Navidad' dos meses antes? Lo odio. Y odio que la gente de mi alrededor se lo trague.
También odio de igual manera estar en este sofá y que el sujetador me apriete, odio no estar con él y no sentir sus manos frías desabrochándome la cremallera del vestido. Odio estas medias sin carrera y el champagne en copa. Sí. Porque lo prefiero de la botella, o de su boca, o de su piel...
Odio todo lo que me impide hacer lo que deseo, y más odio que me deseen que se cumplan mis deseos el día en el que mi único deseo es no estar donde estoy. Así de raro es todo.
Odio los regalos no acertados, porque eso demuestra que la persona que te lo regala no tiene ni puta idea de cómo eres y qué te gusta. Odio las excusas, y más si son para sonreír. Odio los motivos de esta fiesta, pero no; no odio la Navidad. Odio lo que pasa cada noche del 24. Odio la monotonía.

— Ahora te entiendo.
— Qué bien que lo hagas...

Lecciones aprendidas durante trayectos de autobús...

Hoy ha sido un día curioso, en el sentido de que no ha tenido nada que me haya hecho sonreír hasta su final.

Mi poco buen humor ha ido decreciendo según las horas devoraban mis ganas y sobre las 9:30 pm ya me quedaban pocas o ninguna razón para mandarlo todo a la mierda y decir que, efectivamente, nada es tan importante como para cerrar los ojos, suspirar y preguntarme qué habrá hecho mal mi señora madre para que yo heredase este alma constantemente hambrienta de los besos de él sobre mi hombro.

Soy una necia, sí.

Pero a donde quiero llegar es al juego que me propuso hace unos minutos mi nuevo amigo italiano, al cual conocí en este mismo autobús. (Envidiadme mucho, tiene un acento precioso)

Dicho juego consistía en la situación que os expongo a continuación:


Estas conduciendo tu Cadillac amarillo y en una parada de autobús divisas a tu mejor amiga, a la que no dudas en parar a saludar.
Cuando aparcas, resulta que junto a ella esperan al metropolitano una señora anciana y.. Sí. Su perfume te llega con la fría brisa que entra por la ventanilla, erizando el vello de tu nuca y recordándote lo maravillosa que es la sonrisa de ese casi desconocido que te tiene calada hasta las bragas—literal y vulgarmente hablando—.

Bajas del coche, supuestamente a saludar a esa indispensable que un día te salvó de esa carrera en las medias antes de una primera cita y, por consecuente—y según el Código de Honor-rosa furcia de las Mujeres— ahora tu heroína. Y digo 'supuestamente' porque todos sabemos que bajas porque vas estupendamente entaconada y maquillada y él está ahí, tan guapo y alto como siempre.

Te ve, le ves. Te mira; le sonríes y...esa es vuestra conversación de siempre.

Después de charlar con la incondicional el cielo entristece, y de repente una tormenta amenaza con escupir un rayo sobre justamente esa parada de autobús—sí, así de dramático todo— y tú eres la única que tiene un vehículo para sacarlos de...OH WAIT ¡Solo tienes dos asientos! Y en la parada sois cuatro mojados gatos; entre ellos la señora desamparada y gris, la amiga a la que le debes la vida y...él.

Ahora viene lo difícil... ¿Qué harías? ¿A quién salvarías de los tres? Quizá a esa señora, que te mira con sus arrugados y tristes párpados esperando que tu decisión no sea meterla en el maletero. O a tu amiga, que se agarra firmemente a su bolso, temiendo que la lluvia estropee la piel marrón sobre la cual está estampado el logo de Chanel... La siempre bien vestida y con un consejo en la manga sobre cómo no follarse a cualquiera.

...O a él. Ese que está ahí. Firme, sin miedo. Con su camisa impecablemente blanca ahora empapada y adherida a su pecho por haberle cubierto a la anciana con su caro chaqué. A ese que te mira, y a pesar de la situación y de tu rimmel corrido te sonríe y sus ojos te dicen que, decidas lo que decidas, a él le parecerás siempre igual que maravillosa.

¡Ay, l'amour! Y la zorra de tu amiga con la anciana moribunda que te estropean todos tus sucios planes relacionadas con tu caballero de capa mojada... ¿Qué decides?

Yo reconozco que lo medité mucho antes de poder contestar, y que por mi cabeza pasaron soluciones crueles y retorcidas como la de coger al maldito desconocido y tirármelo en cualquier aparcamiento, mientras mi amiga muere junto a una señora mal vestida que la mata por su olor a naftalina antes que de que lo haga el rayo.
También opté por llevarme a la pobre mujer y resentirme y llorar, y llorar, y llorar sabiendo que mi querida amiga estaría gozando su último polvo antes de morir con mi príncipe entre sus piernas...

Como no me convencían ninguna de las dos anteriores, también sopesé recoger a la furcia de mi amiga e irnos a cualquier bar de carretera a ahogarnos entre tequila y humo de tabaco mientras mi héroe salva a la abuelita escondiéndola del inminente rayo tras su robusta espalda... Ay, ¿pero qué necia dejaría que pasase eso, eh?

...

Mi respuesta fue dejarlos a todos ahí y que hiciesen lo que quisieran, que yo tenía una emergencia y era la de meterme en un Nespresso a sentirme como una estrella mientras bebo café y Clooney me ofrece un polvo de fin del mundo... (Llamadme monstruo con corazón de pierda, pero mejor morir con la conciencia sucia que de hipotermia y golpe de rayo.)

Mi amigo rió, y se dispuso a darme la solución; no sin antes hablarme de amor a la italiana. ¡Qué maldito! Después de esto que me nieguen que Amor y Roma no tienen en común más que ser la misma postura pero en lugares diferentes...

En fin; su sugerencia para mi solución fue sencilla, pero tan infinitamente verdadera y real que hasta me dieron ganas que el fin del mundo llegase en la próxima parada: Me dijo que lo mejor que podía hacer es darle las llaves del Cadillac a mi amiga, dejando que ésta se salvase y con ella llevase a la anciana, que las pobres seguro que tienen algo de qué charlar durante el trayecto.
De esta manera, yo, mi rimmel corrido y su espalda empapada y ancha nos quedábamos solos y por fin podríamos hablar con palabras, dejando a un lado las miradas que ahora estaban demasiado húmedas de tanta lluvia como para entender qué quería decir cada uno.

Me dijo que me quedase, que viviese una aventura; que disfrutase de mi polvo de despedida y que me escondiese tras su espalda si sentía miedo...

Mi amigo me demostró que a veces los primeros impulsos los tomamos con la razón, porque así nos han enseñado. En vez de prestarle más atención a ese huésped cardíaco que golpea nuestro pecho mientras grita que la solución es la más sencilla y la menos dolorosa de todas...aunque no la sepamos encontrar a primera vista.


Música, maestro...

— Te entiendo..
— No mientas; tú eres un maldito melómano. No sabes nada de mujeres.
— ¡Te equivocas! Tú tienes mucho que ver con la música.
— Ah, ¿Sí? ¿Y en qué nos parecemos esa y yo?
En nada.
—... ¿Entonces?
— La música tiene todo lo que a ti te falta, y tú... Bueno, tú me das todo lo que ella no puede ni ofrecerme. ¿Quieres un ejemplo?
— Pues me vendría bien, la verdad..
— Ella sabe cuando callarse, tú no.
— ...
— ¿Qué te pasa? No te habrás puesto celosa...
— Para nada. Ella sabrá callarse, pero nunca conseguirá volverte tan loco con esos silencios suyos... Yo sé darte mi corazón mientras el mundo sigue durmiendo.
— Tienes razón; la música se va con cualquiera que sepa hacer de ella magia; tú solo eres mía, por muy mágica que seas. Aunque...
— ¿Aunque qué?
— Hay un 'pero'...
— Cómo no...
Sois diferentes, pero a veces creo que no hay música sin ti. Que desaparece o simplemente se niega a venir sin tener competencia; sin partirme en dos entre su pentagrama y la sensación que me provoca posar mis cinco sentidos sobre tu espalda... No sé. Llámame loco si quieres , pero creo que si hago música es por tu culpa.
— ¡Es ridículo!
— ¡Lo es!
— Entonces... Ya no puedo hacerte elegir. No valen los 'o ella, o yo'. Tengo que conformarme, y eso no me gusta.
— ¡No quiero que te conformes! Me encantas así, celosa. Me gusta que la música juegue con mis ganas justo cuando estoy a tu lado, para distraerme... Me gusta esta guerra, el trío que montamos; me gusta ser para vosotras y que vosotras seáis para mi. Me gustas tú. Me gusta ella. Y me gusta lo que soy cuando ardo entre el filo de tu mirada y las cuatro paredes de mi habitación.

Guiones rutinarios II.

— Perdona... ¿Nos conocemos de algo?
— Si éstas son tus tácticas de ligue desde siempre; rotundamente no.
— Es cierto, si nos conociésemos de antes ahora me acercaría para pedirte matrimonio...
— Bueno, ¿Qué quieres? ¿Fuego? Lo siento; ni me conoces, ni fumo.
— Pues ahora que sé que no nos conocemos... Quiero conocerte.
— ¿Y qué te hace pensar que yo quiera dejar que me conozcas?
— No tienes nada mejor que hacer; el vuelo va con retraso de dos horas y estoy seguro de que prefieres conocerme antes que pasarte las dos horas recorriendo el duty free subida a esos tacones...
— Vale.. Venga, ¿Qué quieres saber?
— Hmmm... Dime las tres cosas que más te guste hacer.
— Correrme, sonreír y conocer a desconocidos en el aeropuerto.
Eres justo lo que yo no busco.
— Bien, entonces sonríe y lárgate.
— ¿Es lo que quieres?
Sí, me gusta tu sonrisa.

Guiones rutinarios.


— Necesitas buscarte un entretenimiento.
— ¿Hablas de tirarme a un tío que a penas conozco para disimular con
 orgasmos fingidos lo muy mal que me queda estar sola?
— Joder, dicho así suena fatal...
— Suena como es. Así que no, gracias.
— Bueno, pues entonces un folla-amigo. Así, a parte de 
meterla, te dará conversación. Doble ventaja.
— Ya debería ser buen follador para llegar a ser mi amigo...
— Eres imposible.
— Qué va; soy solo suya. Creo que ese es el problema.

Aviones de papel; papirofléxia sentimental.


No quieras saber las veces que he pensado que tú y yo no somos más que una mesa de algún andrajoso bar situado en medio de un aeropuerto intensamente transitado; con mil vidas turísticas que embarcan y desembarcan sonrisas, intentado no pasarse con el peso de los sentimientos...


Tú y mis latidos están ahí, inmunes a todo el caos que pulula a su alrededor; como congelados en el tiempo. Helados por el aire que entra por esa puerta que se desliza por sus raíles cada vez que uno par de zapatos cruza la línea de salida hacia una nueva aventura. 

Nuestra mesita es de las metalizadas, acompañadas por dos gélidas sillas que hielan cada uno de los suspiros si decides tomarte un café sentado en ellas; por mucho que éste se empeñe en calentarte el cuerpo después de un largo y turbulento vuelo.

Las personas que se cruzan ante nuestra escena se reflejan en la vacía copa manchada de carmín y huellas dactilares; se mezclan con el humo, se ahogan en el último trago no dado de ese vino de mierda que venden en el duty free, y parecen atraídos por la idea de que lo único que me recuerda por qué página voy de mi propia historia es un billete de ida hacia mi futuro... Sin usar, sin arrugar; caducado. Pero tan presente cada vez que abro mis 140 páginas que hasta puedo notar la inercia del despegue al imaginarme ahí; en un sillón cómodo, no como estos. Con una ventanilla por la que se vean los problemas y sus personas tan diminutos que no logren ponerme nerviosa con el ruido de sus pasos. Con un sueño, y no helada de frío por ver como otras aventuras alzan el vuelo, mientras mis ganas se ahogan en una copa llena de ceniza y alcohol con colorante...

Quizá algún día deje atrás esta imagen de nosotros; quizá algún día me atreva. Pero hasta entonces esperaré aquí sentada a que uno de los vuelos a tu corazón tenga una butaca para mi....en business class.

Delirios de madrugada.



Noches de estas que te acurrucas en tu rincón favorito de la cama y ya no hay fuerza atmosférica, física ni mental que saque tus largas piernas de debajo de la manta... Bueno, miento; si el viento de su respiración se chocase contra mi nuca, sus frías manos apretasen mis hombros y su maldita voz jugase con mis sentidos creo que sí conseguiría sacarme de aquí, de mis casillas, y hasta quitarme las bragas...pero no. 
Demasiadas casualidades juntas y mucho pedir, y yo ya no soy tan necia. Así que dejadme con mi monotonía llena de tazas medio llenas de café frío, zapatos amarillos sobre escenarios sin iluminación y guiones a tutiplén sobre lo fantástico que sería follar sin que el corazón supiese a lubricante. Sobre lo maravillosa que sería la vida si las compresas fuesen de colores y pudiésemos combinarlas con nuestro estado anímico. Ay, la vie. Qué poco me sorprendería que ahora de repente me diese por cerrar a cal y canto todas esas puertas que me abriste con tu 'llave mágica'... Qué poco me conozco si pienso que lo podría hacer. 

En fin. Que son casi las 2:00 am y la puta de mi conciencia ha decidido darme la charla, apareciendo toda emperifollada en la esquina de mi cama. Balanceando el bolso como si en él trajese la solución a todos mis problemas...

Maldita mentirosa. Que me hace sentir culpable por haberte mirado a los ojos el día que debí romper todo lo que me ataba a ti.; que me quema la piel con recuerdos incandescentes mientras enciende uno de sus cigarros, dejando en mi boca el sabor de unos labios que hace ya meses que creí olvidados.

— ¡Me debes dinero! dice la tía. Pero lo que no sabe es que también le debo tres noches que me pasé pensando en ti y dos días más que vague por la ciudad buscando el valor suficiente para coger el tren y largarme a tu cama. 
No sabe nada, pero sí sospecha al ver como me desgasto esperando encontrar en cada rincón cualquier algo que me recuerde tu voz; el sonido de la cafetera, las gotas de lluvia cayendo sobre le tejado, las uñas felinas sobre parquet... Todo lo que me gusta suena a ti, y a esa voz tuya reclamando mi presencia al otro lado del teléfono, al otro lado del país,... Joder. Si es que me dueles y ya no sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Simplemente apareces y desapareces como el parpadeo de un semáforo en amarillo; me dices que pase, que me ponga cómoda en ti, pero haciéndolo me arriesgo a que pase por delante una ráfaga de circunstancias que me dejen ahí, en el suelo; sin un corazón donde guardar mis mejores vestidos de gala.

Todo esto me pasa por ser masoquista, y por cultivar una conciencia de igual calibre; por mucho que le duela el pecho seguirá fumando. Al igual que yo, que por muchas veces que me rompan en la mismo sitio, en la misma fecha y en el mismo lugar seguiré pensando que ha sido una curiosa y rara coincidencia. Una más de tantas...

— No deberías ignorar a la única parte de ti misma que no te miente, ¿Sabes?hay que joderse... ¿Lo estáis viendo? Mi propia conciencia me está hablando de lo que debería o no hacer. Qué maravillosamente paradójico.. Pero lo peor de todo es que la jodida tiene razón; me paso la vida ignorando lo que siento y luego aparece alguien en mi vida y solo sé centrar mis cinco sentidos y medio en lo que ese alguien siente. Altruismo lo llaman, yo lo llamo ser gilipollas.

Drástica, bruta... Lo soy y tanto que hasta a veces pienso en por qué no invertiré ese tiempo de arrepentimiento a algo más útil; como masturbarme, o tocar el piano, o leer un libro, o yo qué sé... Pero centrarme en algo de provecho, aunque solo sea sucio placer de media hora. 


Nada; soy incapaz.

Y me pierdo entre mis sábanas, ahora arrepentidas conmigo y enredadas entre mis pensamientos que no dejan de invadir mi cuarto hasta que no cabe nada más que yo y mis dudas. Dudas de por qué me habré enamorado de los kilómetros,.. ¿Fue por sus manos? ¿Por su voz? ¿Por las historias que cuentan sus caminos? ¿Por que todos ellos llevan a Roma?... ¡Ni idea! 
¿Y de Madrid? ¡¿Qué coño se me perdió a mi en esa ciudad?! Entre sus barcos de rotonda y las pelanduscas que afrontan sus adoquines subidas sobre tacones.. ¿Qué se me olvidó ahí? A parte de sus ojos y mis ganas perdidas en el bolsillo de su pantalón. A parte de las sonrisas que me dejé en algún vagón del metro y los varios pasos que perdí entre coche y andén... 

¡No entiendo nada! ...y sé que vosotros tampoco.

Es como si cada obstáculo me acercase a eso. A ese de quien me intento alejar pero no puedo ni quiero. A ese que ahora duerme mientras yo llevo tres horas prometiéndome cerrar los ojos, el corazón y las piernas, evitando el deseo y la tentación de marcar tu número y escuchar todas y cada una de las ganas que tienes de verme...

Verme desnuda.

Verme entre tus brazos.

Verme dormir.

Olvidarme.

...Y volver a esperar una llamada para verme.



Siempre tarde, siempre a oscuras... No vaya a ser que se entere el corazón.


Hoy es cuando las estrellas se alejan un poco más de nosotros.

Y su luz nos ha dejado de volver tan locos. Ciegos, nos deja ciegos, y lo único que puedo decir
es que si esta noche no me oyes, supón que ha llegado el invierno a nuestras camas. Es una pena, una pena que lamenta hasta el cielo, que sumerge en acto de luto las pequeñas casas de mi cuidad a la decadencia de un crepúsculo. ¿En realidad? En realidad no ha pasado absolutamente nada aquí, dentro de mi; supongo que simplemente ha llegado el frío..


_


Ese día que soñé contigo me lo inventé. Ya sabes, mi imaginación nunca para quieta y hasta la nieve baja de vez en cuando a escuchar estas historias que me monto yo sola cada madrugada. Ingenua, y más que eso, cuando cada noche fue por ti por quién dejé de apagar la luz de mi ventana solitaria, aún sabiendo y lamentando que no es más que un deseo que termina de cumplirse al abrir los ojos. No me lo tengas en cuenta, no te lo voy a susurrar, ni recriminar, ni suplicar.. Tengo a esta luna marchita que se sumerge cada anochecer en mi mente, convirtiendo el viento de mis recuerdos en una ligera niebla para hacerlos más llevaderos y borrar esta culpa. Esta culpa que ahora no pesa al pensar en que si no he vuelto a tus brazos, es por miedo a resbalar. _¿Y tú, qué es de ti? No me mires así, no me respires de esta manera y échale todo el desliz a las semanas, a esos siete días con sus mentirosos amaneceres aún sin dormir discutiendo sobre quién amaba más a la lluvia. Cállate, olvídame, y deja de hablarme con esa voz baja y mía, mía por todas las veces que consiguió hacerme tuya aún yo sabiendo que no debía, mía por saber decir lo que querías oír cuando yo no quería hablar, mía por hacerme temblar aún sin sentir frío, mía por ser mi banda sonora cada mañana.. 



Ahora no quiero más, no puedo más; así que me limitaré a convertirme en nieve para caer sobre tus pestañas y seguir siendo la única capaz de producirte esos escalofríos, la única capaz de erizar tu espalda sin tocarte. Rozándote con mis fríos dedos y fundiéndome entre tus labios.

JUEVES, 8 DE DICIEMBRE DE 2011


La suerte es esa puta que se va con quien la busque...



Hace tiempo que intenté dejar de saber de ti, y hace tiempo que también lo dejé por parecerme demasiado imposible; como el fumar. Y no es que te disfrute mucho; ni me relajas, ni me matas. Pero tienes esa nicotina sin la cual respirar me parece un arte absolutamente doloroso.


A pesar de eso, puedo sin ti; tú me enseñaste.


Por otra parte, siempre supe ­­–supongo que porque lo dejaste claro desde el principio– que no eres una mujer que busca un príncipe que la baje de su torre, qué va; tú estás bien ahí, y hasta puedo decir que te quedan preciosas las alturas por el mero hecho de que caer al vacío no te asustaba en absoluto, aunque… ¿De qué me sorprendo? Si antes de llegar al suelo son mil las manos que estarán ahí para socorrerte; no sin antes intentar meterte mano… Malditos mis celos. Maldita tú, que me devoras relamiendo cada una de mis costillas; haciendo más y más y más frágiles los barrotes que, ahora inútilmente, tratan de mantener a salvo a ese cansado y palpitante fumador pasivo.

_

Aún me acuerdo de aquella última lección que me diste antes de desaparecer: no había mujer más sabia que la peor tratada por la vida. Su vida. Esa que probablemente haya protagonizado en múltiples ocasiones algún –o varios– afortunados y desagradecidos nombres masculinos.

En su momento no me di cuenta, pero ahora sé que nunca hablaste de ti cuando te referías a esas sabias féminas: hablabas de putas.

Mujeres de faldas cortas y sucio corazón.

Sí. Te referías a ellas como a las diosas de la sabiduría, las pensabas cuales eternas musas del amor roto y remendado con encaje y lubricante; ellas eran (sin ser un modelo a seguir) la perfecta modelo posando ante el objetivo que le había marcado el destino: jugar al amor hasta que se queme Roma de tanto usarlo, o buscar los caminos hacia ésta recorriendo mil cremalleras en una sola noche…

Es igual, el caso es que eran la mejor sonrisa sin marco ni pedestal; dejando a la vieja Gioconda en total desventaja.

Con esta idea rondándome la cabeza y tras no encontrar un minuto del día en el cual no habías pasado por mi mente opté por subir al coche sin pensar a dónde iba, soltándome mientras el nudo de esa corbata roja que me ahogaba simulando mi cuello entre tus dientes.
Arranqué, suspiré, y no sé si en ese momento se puso en marcha mi corazón o el frío motor, pero fuese como fuese me sentí profundamente aliviado al notar la carretera perdiéndose entre las ruedas. Di tres vueltas a la manzana, y tras darme cuenta de que mis dudas no llegaban a ninguna certidumbre; decidí hacerte caso.

Conduje hasta la parte más oscura de la ciudad, donde el tiempo se trazaba en rotondas, luces halógenas y giros de humo que se enredaban entre dedos de mujer y pelo enlacado.

Y ella estaba ahí; imponente. A pesar de los quince grados que entraban por mi ventanilla y hacían que el vello de mi nuca recordase tu aliento, ella solo fumaba. Sin temblar, sin perder la altanera y elegantemente vulgar compostura alzada sobre sus catorce centímetros al borde de la calzada, esperando un nuevo amor que venga dispuesto a pagar por ser completo…

        Perdone, señorita…

Estúpidamente obvio; nunca supe tratar con una puta. Creo que principalmente eso se debía a que nunca antes había necesitado los abrazos de ninguna, y mucho menos busqué los servicios y la compañía de una mujer que sabía fingir sonrisas, orgasmos y lo que le pidieses a cambio de billetes que le pagasen la manicura.

Busqué en su mirada enmarcada en grumoso rimmel una ayuda para amenizar este incómodo momento de vuelta a la adolescencia y de no saber si mirarle al canalillo, a los ojos o intentar encontrar escrita sobre sus infinitas piernas una chulla que me salvase de ese arrepentimiento que me subía por los talones…

¿Qué hago aquí? Maldita seas. ¡Me vuelves loco! Y lo sabes… Y te encanta. Y te mataba.

        ¿La primera vez? Cuándo aprenderéis los hombres a disimular la flojera… En fin; tanta polla y tanto coche y pareces tener diez y siete años.
        Perdone… Verá, le puede parecer un tanto extraña mi proposición, pero necesito…
        ¿Extraña? – río– Vamos, ¿Qué quieres?
        No busco sexo…
        Lo sé. No me hubieras tratado de usted, y viendo tu coche y esa corbata diría que tu sitio no es este callejón.
        Necesito palabras.
        ¿Y qué esperas de una puta?
        Lo que no supe ver y oír de ella; quiero conocerla y ya no la tengo… ¡Me volveré loco si no me ayuda! Hoy. Esta noche. Quiero que sea la última que pase sin tenerla a mi lado…
       
        Por favor, no quiero ser uno más de sus clientes; no quiero traer mis latidos a este callejón, buscando una espalda sobre la que correrse… Quiero su espalda, y que si mi corazón se tiene que romper que lo haga en su boca.
        Tú pagas el café, y mi tiempo. Y tabaco; necesito tabaco.
        ¿Dónde podemos ir?
        A mi consulta…

Subió a mi coche y me indicó la dirección hacia un bar de carretera de la zona, así que podéis imaginar el estado y el café del lugar…
Acabamos los dos con un Jack doble entre manos, sentados en la esquina más andrajosa y mientras ella guardaba el tabaco en el bolso yo solo esperaba no haberme equivocado.

        ¿Cómo es ella?– Dijo sin dejar de rebuscar en su bolso.
        Pues delgada, alta, preciosa…

Interrumpiendo mi fantasía mientras te imaginaba tendida en mi cama para estudiarte y describirte de la manera más precisa que en ese momento podía, se echó a reír escandalosamente sin sacar la mano del bolsillo, dejando el eco de su desgastada voz muy por encima de la música del local. No entendí nada, a parte de sentirme un completo idiota.

        ¿De…de qué te ríes?
        Te he preguntado cómo es, no cómo la ven todos. Me da igual si pesa ochenta kilos o es pelirroja; quiero saber cómo la ves tú.

Reflexioné por un momento, esperando ahora acertar con la respuesta con tal de evitar que los cuatro camioneros que ahora conquistaban el bar se girasen para ver qué es lo que tanta gracia le hace a la señorita que me acompaña…

        Bueno, pues entonces ella es como yo nunca llegaré a ser. Sabe sonreír con la mirada, y en su garganta esconde todas las veces que me dejó sin aliento por quedarme perdido en sus ojos. Ella es. Y no le importa si a su alrededor todo arde; su corazón siempre mantendrá sus finas manos lo suficientemente frías como para proteger del fuego esas pequeñas cosas que ella valora. Siempre la admiré por eso; yo nunca supe dejar de ser un cabrón apasionado…
        Por eso se fue.
        ¿Cómo sabes que lo hizo? Quizá así lo quise yo, quizá fuese mejor así…

Mi voz sonó entrecortada y nerviosa, pero no precisamente por el orgullo. En cambio ella se serenó, adoptando una pose ahora más seria y mirándome fijamente a los ojos. Como esperando algo de mi…

        Si hubieras querido que se fuese no estarías tan desesperado por recuperarla. Eres de esos que jamás han valorado a una mujer hasta que una de ellas, quizá sin quererlo, te desabrochó la camisa y se coló en un corazón que estaba tan vacío como lleno de cosas sin valor. Y corrígeme si me equivoco, pero no supiste que la querías hasta que ella se fue y dejó su perfume impregnado en cada una de esas cosas; en cada uno de los cojines del sofá, en cada cortina… Cada mañana solo pensabas en ella, pero ella era lo único que ya no tenías.
–        Cállate…
        No me pagas para que lo haga.
        Entonces dime qué hago ahora, porque todo eso que no hice o dejé pasar lo tengo claro, créeme.
        Dejé de creer en los hombres hace ya muchos años, cariño. Y, además; no soy yo la que tiene que creerte, no soy yo la que espera tu verdad… Es ella. – dijo sonriendo sarcásticamente dejando entrever mínimamente sus dientes, ahora manchados de carmín.
        Pero…
        ¿Tienes miedo?
        Llámalo pánico, vértigo, cobardía… El miedo es de valientes, yo ya no sé cómo seguir.

Y el silencio se apoderó de nuestro rincón mientras ella prendía su cigarro dejando ver, al reflejarse el fuego en sus ojos, que sabía perfectamente de qué le estaba hablando.
Ella sentía lo que yo, o lo había sentido, o qué más da; el caso es que la tristeza verde que reflejaba su mirada ya la había visto en algún lugar… Quizá en aquella ocasión en la que decidí que quererte me venía demasiado grande y forcé tus lágrimas hasta que me mandaste a la mierda. Sí. Fui un cobarde una vez más por no saber cómo se ama a una mujer, y más si dicha mujer sabe más de ti que tú mismo.

Eras tanto, que me dio miedo que fueras más fuerte que yo… Y, simplemente, huí.

        Creo que ya sé lo que he de hacer.
        ¿De verdad? ¿O a mi también me tienes miedo y vas a huir con el rabo entre las piernas?– se burló de mi, sacudiendo las cenizas en el cenicero.
        No quiero seguir huyendo, quizá porque ya haya estado en el sitio ideal donde esconderme de todas esas cosas que antes me daban miedo. Quizá ahora quiera vivirlas cada día… He comprendido que ella es ese lugar, y que lo único que hice al apartarla de mi es romper con todo lo que me podía salvar la vida.

Sí, ¡Joder! Ahora lo veía todo claro: ella quería salvarme de mi mundo. Quería enseñarme que había vida mucho más allá de lo que hasta entonces me rodeaba; que existían los problemas, que dolían, que podrían llegar a partirte en dos… ¿Y qué hice yo? Escapé pensando que ella era como yo; que me atraparía en su carcasa y que ahí dentro solo habría discusiones, sexo y más discusiones. Que se duplicaría lo malo y me agobiaría.

Claro, soy gilipollas.

Escapé de mi mismo dejando atrás el corazón y mi anestesia, quedándome ahora con todo lo que ya no me importaba perder porque ya no me hacía falta: el coche, sin su ropa interior tirada sobre los asientos; las camisas inmaculadamente blancas, sin sus manchas de carmín en mi cuello; las tazas de la cocina, sin su café recién hechoNada tenía sentido sin ella. Ni siquiera yo.

        Bravo, veo que de algo te ha servido gastarte una fortuna en mi esta noche. ¡Estás loco! Con lo fácil que es dejarte querer y tú has necesitado que una puta te enseñe a hacerlo… Los hombres no tenéis ni pies ni cabeza; pensáis con los huevos y os dais hostias en vez de calcular los pasos. No sabéis lo que perdéis hasta que lo gana otro y… En fin, vuelve y sálvate. Quiérela. Y deja que ella haga lo mismo contigo. Porque puede ser que algún día despiertes en tu enorme cama, viendo como ondean las cortinas y te des cuenta de que sería todo mucho más normal si su perfume no impregnase la almohada de al lado; si sus vestidos no estuviesen esparcidos por el suelo… Sin el olor a café que te viene desde la cocina y sin sus pisadas sobre el mármol, delatándola después de la ducha y haciéndote saber que está desnuda, fría y de puntillas esperando tu abrazo por la espalda y un ‘buenos días’ al oído.

¿Queréis saber una cosa? La puta tenía razón: lo normal no nos gusta, por mucho que estemos acostumbrados a ello. La rutina jamás nos absorberá mejor que unos labios dispuestos a susurrarnos un ‘te quiero’ cuando menos lo esperemos y más falta nos haga… Por eso es mejor el caos; aunque se finja, aunque nos dure poco: siempre es mejor equivocarse intentándolo que dejándolo de hacer porque, al fin y al cabo, ¿Para qué quiero un corazón si nadie viene a romperlo cuidadosamente de vez en cuando?

De esto que te mientes y recuerdas cosas que te jurabas haber olvidado..



Nunca está de más admitir que muchas de las veces que te sacaba de tus casillas era por el simple placer de discutir; y nunca he dicho algo tan sincero.
Me encantaba tu forma de no ver el momento de visualizar la verde luz de ‘Salida’ entre todas mis virtudes por el hecho de estar más que harto de todos esos defectos y caprichos que no hacían más que engancharte a mi; yo era tu droga. Y tú eras demasiado débil para soportar la abstinencia…
Discutíamos y follábamos, confundiendo así la tormenta con la calma sin percatarnos de que lo primero nos hacía querernos más y lo segundo… Volver a discutir.

Bucles, automentiras y olor a café recién hecho.

No sé porque hoy me ha dado por recordar estas pequeñas obras de teatro que nos montábamos los dos, pero sobre todo me he parado a pensar en el detalle de que tuve la mala suerte de haberme enamorado de ti por esas malditas bragas de encaje amarillo que esa tarde aún no me habías intentado quitar…

En fin. Esta es la parte que más me gusta, disfrútala conmigo:

    ¿Pero qué dices? ¿¡Qué has hecho tú por mi!?
    ¿Que qué he hecho?.. Recuerde que su polla aún huele a mi chicle de menta, caballero.
    Yo no te echo en cara las veces que tú has hecho conmigo lo que has querido…
    Jajaja.. ¡No seas necio! Tú siempre me lo echabas todo en cara, aunque yo te pidiese que me avisaras; aunque te lo suplicase de rodillas… Siempre acababas haciéndome daño.
    Pero... ¿Se puede saber de qué me estás hablando? No hay quién te entienda.
    De amor. ¡De sexo! De que quiero que me ames con las mismas ganas que me follaste la última vez; quiero que me beses con el mismo odio que ahora mismo inunda tus ojos… Quiero dar la vuelta al mundo; a tú mundo. Joder. Quiero quererte, pero parece que tú no quieres lo mismo que yo…
    …Estás completamente loca.
    ¡Lo estoy! ¿Y sabes lo que hay que hacer con las locas como yo?
    Alejarse de ellas.
    Todo lo contrario: debes abrazarme todo lo fuerte que puedas. Aprésame entre tus brazos, fúndeme contra tu pecho y deja que mi aliento de alivio se enrede alrededor de tu cuello... Cúrame. Eso debes hacer; ser mi anestesia.
    Quizá yo no soy lo que tú esperas de mi.
    Yo hace ya mucho que dejé de esperar.
    ¡Con más razón! Nunca has sabido lo que quieres, por mucho que hables de ello. Aún eres una cría.
    Sí. Una cría que ha conseguido volverte loco en tan solo tres días. Una cría que te ha abierto su corazón, piernas y manos. Una cría que te ha enseñado a hacer café y a amar como nunca supiste hacerlo... ¡Joder! Admítelo, no seas tan orgulloso…
    Se acabó; me marcho.
    Pues lárgate... ¡Hazlo!
    ¿Prometes no seguirme, ni montar más numeritos?
    Prometo olvidarte, maldito hijo de puta…
    Jajaja… Eres maravillosa.
    No, soy una pequeña errata más en tu larga lista de pelanduscas.
    No es así…
    Ya no importa. Debes irte.
    ¿Y qué pasa si ahora me quiero quedar?
    Nada. Solo que ahora vuelvo a tener el corazón hecho añicos; ahora ya no sé quererte.
    Bueno, entonces me quedaré para darte un par de lecciones a cambio de café…
    ¿Un cortado?
    Por favor.

Lluvias felinas, y las reflexiones y arrebatos mientras éstas.

'


Solo tengo cuatro paredes y una razón para volver a escribirte. Llueve, y todo es tan vacío que hasta siento que sobro entre tanta oscuridad...'



Sé que correr tras tuya no es una buena idea, ya que nunca nadie pudo caminar sobre el agua. Llamarte tampoco suena coherente, ni recordarte, ni quererte... Nada tiene sentido, y mientras intento mentalizarme esa verdad absoluta me pierdo en la sensación que me provocan las ondas de estas cortinas que enredan frío entre mis piernas; su tacto suave, como cuando las yemas de tus ásperos dedos recorrían la curva de mis caderas, demasiado rápido como para poder frenar a tiempo y no cometer nuestro exquisito error.

•••

En fin; ya no tengo prisa, ni zapatos de charol, ni citas a las siete..
No te tengo, pero ya no importa tanto como cuando creí que eras lo único que cabía en mi bolsillo. Así que voy a centrarme simplemente en sentir cómo se congelan mis pies y escuchar—intentado no respirar para evitar confundir mi aire con los truenos—cómo los perros de los vecinos le ladran a esa nube con forma de gato: gris, inquieta y tan mojada de miedo que hasta parece que caerá de un momento a otro por su propio peso.

Maullidos de estruendo, marcas incandescentes de sus uñas sobre un cielo decolorado y frío. Frío como el corazón que guarda entre sus ovillos de lana; 'enredadera sentimental' lo llamaría si hablase en otro contexto, pero hoy solo veo un cielo que ha decidido combinarse con mi estado anímico.

Sin más, sin menos; sin ti.

Sin pensar y por pura necesidad acaricio a mi alma gatuna, que no se despega de mi helada, solitaria y desnuda espalda.. Me muerde el dedo corazón; recapacito. Y me levanto sobresaltada dándome cuenta de lo que acabo de hacer: te escribí, te confesé que sufría. Te necesité y te lo hice saber.

Soy una necia.

Pero eso no me duele. Ahora solo me sangra el dedo, o el corazón, o todo en uno,.. mientras veo que tu última conexión fue hace catorce crueles minutos que no dejaron respuesta a mi confesión.. Y mejor así; no quiero saber que la solución a mi miedo es, según tú: 'Pues tonta, deja de pensar y enciende la luz.'

Att:


Fumarte sería diferente. Colocaría, y muy probablemente me haría un poco más feliz; me dejaría entrar en tu mundo, y perderme, y llorar hundiendo la cabeza en tu almohada, y correr por los pasillos con tus pantalones cayéndose de mis caderas... Y mucho más; mucho, muchísimo. Tanto como hacer de tu cama la perfecta trinchera, con tus ojos apuntándome directamente al corazón, aunque tus intenciones lo hiciesen entre mis piernas..

Sería tan mágico como volar amarrada a tu espalda y comerme ese algodón de azúcar cautelosamente robado de tu cielo antes del primer bocado.

Mis cascos; tus abrazos. Mi música; en tu pecho.

Así se pasarían las noches, días y sonrisas en nuestro mundo; efímeras. Como el viento, que se dedicaría en jornada completa a despeinar mi pelo solo para que tus manos se posen en mis mejillas y tu boca sobre mi sonrisa.
Como el mar. Tus palabras llenarían de sal cada una de mis heridas; curándome, sin dejar de doler, cada uno de esos miedos tuyos a quererme demasiado...

Sin más; no te prometo nada diferente. Nada eterno. Nada con final, por muy feliz que sea.
Simplemente te propongo follar en cada una de las esquinas que nuestras ganas consideren adecuadas; te propongo quererme un poco, pero dejar que yo me beba vientos, tequilas y mil cafés por ti.
Te propongo olvidarnos y odiarnos a ratos, comernos y fallarnos durante horas.. Te propongo hacerme feliz y volverme aún más loca; consiguiendo así que no me importe lo más mínimo si al caer me rompo el vestido, que las compresas con alas sean ahora unos preciosos caballos alados y esos pequeños hoyuelos de las botellas de Granini me recuerden cada mañana esa maldita sonrisa tuya mientras pronunciabas, a una lengua de distancia, que fumarte será mi mejor aventura.

En fin: Sinsentidos que saben a ti, como a mi me gustan.

Llueve.


Hoy he aprendido una gran verdad: Cuando la carretera está seca no ves como se pierde entre tus pasos. En cambio, después de una de esas tormentas que tintan el asfalto de siete tonos diferentes de gris, te das cuenta que son mucho más que simples kilómetros lo que se desliza bajo tus pies; son sueños, pesadillas, sonrisas, baches, caídas... Es todo lo que tú eres, y lo peor de todo es que te das cuenta de ello solo después de una de esas lluvias tupidas que no solo traen frío y un húmedo dolor de cabeza. Qué va. Además revelan sobre esas infinitas carreteras lo mucho que somos, y lo poco que nos damos cuenta de ello por pisar siempre un suelo que ni resbala, ni nos duele.

Juguemos a recordar.



Me acuerdo de cuando dijiste que te gustaba esa falsa inocencia que transmitía la ropa interior con las caras estampadas de los personajes de dibujos animados. Te encantaba por la mentira que conllevaba su uso; inocencia rota con las mínimas ganas de tener unas manos ajenas desatando el lazo rosa que adornaba mis caderas.. ¿Recuerdas? Te volvía loco la idea. Y más aún cuando te informaba en altas horas de la noche de que un antojo de tu maldita lengua no dejaba que mis manos y mi mente barajaran la posibilidad de, por fin, olvidarte. O quizá yo no quisiera hacerlo. Es igual. El caso es que la noche se negaba a conquistar unos ojos que cambiaban cualquier sueño por verse reflejados en tus pupilas.

Sí. Es cierto. Soy una princesa masoquista perdida en este jardín estampado en mis sábanas; malditas trepadoras, enredándose en mi cuerpo oliendo aún a ti. Ahogándome. Lento. Aliándose con la almohada para que ésta me susurre tus sucias palabras, como en venganza a las veces que clavé mis dientes en ella..



Y así es como todo me recuerda a ti mientras tú me olvidas. Así es como mueren las mariposas y nacen las ganas. Así es como, de manera lenta pero concreta, busco alternativas a esos vicios que me regalaste en aquella primera y última cita, ¿Te acuerdas? Yo pensaba que no bebía, pero acabé en un baño de bar con la mente etílica y las bragas bajadas. Igual que tú, que llevabas dos meses dejándote el tabaco para acabar fumándome sin filtro. Todo lógico.

Sí. Los dos fallamos y follamos igual de bien, pero esa tarde se nos olvidó calcular las horas que nos pasamos hablando antes y después de equivocarnos; me dejaste conocerte demasiado, y yo te permití entrar sin a penas tocar...

Fue todo demasiado fácil. Y eso es lo que nos hizo pensar que podíamos llegar a algo más allá de los orgasmos; vaya necios, ¿Cómo pudimos olvidar el pequeño detalle de que eso de 'amar' no se creó para nosotros?

Tu y yo éramos de esos que jugaban con las personas y ansiaban más por el simple hecho de que 'lo justo' nos parecía poco.
Éramos aparentes almas en pena, dos estatuas de hielo con un corazón similar a un viejo burdel; lleno de terciopelo rosa y sentimientos indecentes buscando un nuevo cliente que desnudar en una de sus frías camas y llenarla, aunque fuese solo por esa noche, de un amor prefabricado capaz de hacer gemir hasta a las paredes. Esas que absorbían lo ocurrido, sufrían y callaban, esperando a que llegue una de esas noches frías en las que el café y el olor a lluvia hacían ver el gran error que ambos cometíamos jugando a no sentir.

Fuimos unos masoquistas mentirosos; yo yendo de femme fatale por la vida, viendo como los hombres me miran el trasero y sonriendo por saber que ellos ni sospechan el hecho de que llevo un tanga con gatitos, nada acorde con mi actitud.. Y conquistándolas a todas como si lo tuyo fuesen las mujeres efímeras de noche y taxi, mientras en realidad buscabas entre todas ellas una boca que supiera parecerse a la mía.

Vaya dos.

Vaya perdida de tiempo. Pudiendo estar rompiendo camas estamos aquí, partiéndonos en dosseparando las mitades que buscan comprensión y dejando que nuestro yo insensible vuelva a hacernos olvidar, aunque solo sea por unos meses, ese hecho de que solo somos uno cuando nos encontramos por casualidad en la calle y tú sonríes al adivinar qué tipo de ropa interior esconde mi vestido rojo. Y yo, a su vez, me río de todas esas miradas hundidas en rimmel que te miran al pasar, pensando que sonríes a una más de tus muchas presas; siendo yo el único 'te llamaré' que cumplirías si yo algún día accediera a darte mi número.

Algún día. Si me acuerdo...

Viajes, autobuses.. Y las reflexiones mientras estos.




Nadie ha pensado hoy en ti; date cuenta. Nadie te ha preguntado si hoy te apetece reír, llorar, hablar o, simplemente callar y mirarle a los ojos las horas que hagan falta antes de que se duerma. Nadie ha sabido percibir tus ganas de comerte el mundo, ni han sabido tampoco aprender a notar que los dolores ajenos no son siempre físicos. Nadie.



Y así es el mundo: Frío, callado y con la mirada perdida en los paisajes urbanos que deja atrás el ruidoso autobús. Sus verdades suelen ser como los cristales rallados: solo las percibes cuando una luz cegadora incide directamente, hiriendo tu mirada y mostrando que las personas no siempre son tan transparentes como parecen; duele, sí. Pero al menos de esa manera podemos descifrar esas dudas que palpábamos al pasar el dedo sobre el, aparentemente, liso y translúcido cristal.
Por su parte, los baches y curvas de la carretera te hacen dar tumbos durante todo el trayecto, cuales lecciones de vida pero, ¿Para qué? Si cuando llegamos a nuestro destino nos toca enfrentarnos a una nueva carrera la cual, o ganamos, o perderemos mucho más que tiempo..

Hablado de tiempo. Ese que pasa efímero, como las luces anaranjadas de los viajes nocturnos; alumbran las caras de todos los pasajeros de este autobús, como buscando una expresión que difiera de las demás. Pero aquí todos estamos serios, con la mirada perdida y esperando no olvidar darle al botón rojo para solicitar parada. Nuestro tiempo es triste. Y la única cosa común que seguramente se nos pase por la cabeza es que ojalá existiese un botón rojo para parar al huésped cardíaco cuando más le duela latir. Pararlo, y bajar del mundo para que este siga girando a su merced pero, esta vez, sin marearnos.

Así pues: el mundo es un autobús. Sucio, caro y no siempre con un sitio para nosotros. A veces puntual, otras no tanto; pero siempre infalible, llegando a la parada concreta y parando en la solicitada, aunque no sin baches de por medio.

...

Odio los autobuses.

Odio las caras tristes y los baches que me causan dolor de cabeza.

Odio ir sentada a contra dirección, pero no me neguéis que es mucho más lógico y sencillo ver pasar al propio pasado que intentar percibir qué es lo que me espera a un kilómetro; si un bache, una curva o una parada, si me dolerá la inercia o si un nuevo pasajero se sentará a mi lado.. Prefiero perderme entre los cascos y olvidar esas caras tristes que se tambalean al compás de los bruscos acelerones del conductor; prefiero ver quedarse atrás las paradas que no necesitaba y concentrarme en ese botón rojo que me dejará justo en la salida de mi próximo viaje y también, si es menester, parará mi motor cuando mi mirada se vuelva cristalina y refleje las palabras 'Avería, las ausencias vuelven a latir.'</>

Cafeína, y las reflexiones mientras ésta. II


En los diez minutos que llevo tumbada en el jardín he visto pasar un total de cinco aviones.
Cinco minúsculos puntos blancos han recorrido mi campo de visión; cinco pequeñas casualidades que han sucedido, mostrándome la efímera barrera entre el presente, pasado y el futuro: De ese último no sé nada, y ya quedó pasado el momento en el que me tumbé aquí. Lo que yo llamé presente un par de líneas más arriba ya no es más que el pasado que voy a mencionar justo después de estas palabras: Se fue y fue.

Sí, es cierto. Todo esto es tan extraño como el pensar que sobre mi cabeza hayan pasado un total aproximado de 600 personas.. ¿Os imagináis? Seiscientas vidas que serán protagonistas de la reflexión de una perdida que les ha observado sin que ellos se diesen cuenta. A metros de altura, todos congregados en un punto blanco que deja su estela como certificado de que, efectivamente, el pasado lo es porque hace un segundo fue presente.

Y ahí queda, esa fina barrera temporal destacando sobre el azul cielo...

En cuanto a esas vidas.. ¿Dónde irán? ¿De dónde vienen? ¿Habrá alguien enamorado a bordo? ¿Alguien que esté arrepentido? ¿Alguien que eche de menos? ¿Algún médico?..
No sabéis lo que daría por conocer al menos una de las historias que acaban de sobrevolarme; escribirla aquí, y demostrar con ello que no soy la única que prefiere ser pasado que un futuro amor incierto, que no soy la única que se arrepiente de haber alzado vuelos equivocados y que, mucho menos, soy la única necia que echa de menos todo aquello que se pierde con el equipaje...

En fin, llamémoslo 'V.I.D.A.' (Venidas, Idas, Dramas y Amor) ¿Os parece? Llamémoslo así porque otro nombre podría ser demasiado corto como para explicar su compleja razón de ser. O muy largo, con lo cual perderíamos muchos segundos mientras intentamos hablar de lo que una vez no supimos que tendríamos, pero que sucedió, aún no quedándose por mucho tiempo..

Demasiadas palabras. Volvamos al vulgar y fácil 'vida'.

No soy médico—y si hay alguno en la sala que alce la mano y diga 'miau'— pero puedo afirmar que la vida es una variante de la inmuno-deficiencia adquirida: Sin cura, prevenible y en la mayor parte de los casos sufrida por esos viciosos que intentan franquear los obstáculos del tiempo saltando por sus cornisas sin capa de superhéroe. Necios. Somos esos los que acabamos sufriendo la vida por querer conocer de ella cada uno de los límites y desafiarlos, hasta darnos cuenta de que no somos lo suficientemente sabios como para burlar las casualidades que nos vienen predestinadas.

Somos nosotros, esos insensatos sin poderes mágicos ni armadura, los que contagiamos las ganas de vivir a través de sonrisas, miradas, roces, caricias, palabras... Y nadie se salva, por muchas capas de ropa que lleve encima, de empaparse de esa sensación ambiciosa de querer acelerar el reloj que late sobre la mesa de la oficina; romper su compás, y salir por la puerta grande llamando a esa persona que pensaba imposible; verle, contagiarse de su vida. Enamorarle. Y sentir en el pecho ese cosquilleo que inhibe las funciones básicas que hacen dudar sobre si fracasaremos o no; que nos echan para atrás cuando tememos al futuro por una mala experiencia del pasado..

Olvidarlo todo.

Y dejar que esa sonrisa ajena cale dentro de nosotros, impulsándonos a mandar todo a tomar viento y coger el primer vuelo a ninguna parte; perder el equipaje, echar de menos lo que perdimos y arrepentirnos por no haberlo hecho antes; por no saber que lo que en el pasado no apreciamos y perdimos en el presente lo echaremos en falta estando en un futuro vuelo de catorce horas.

Tiempo. Corre. Vuela. Jode. Quema.

Esta es mi historia. Contada desde mi jardín mientras observo como seiscientas vidas van a dar la vuelta al mundo contagiando y contagiándose de nuevas ganas de eso que vulgarmente llaman 'vida'.

Ojalá.


Quiéreme después de la señal.


Hace mucho que dejé de exigirle al mundo sonrisas que creí que me debían esos transeúntes que se cruzaban en mi camino hacia el trabajo, principalmente porque caí en la cuenta de que, hasta el mínimo detalle, debía ser recíproco para ser realmente justo.

Así pues, recordé el hecho de que a mi no me gustaba sonreír en Septiembre, y menos aún sabiendo que la sonrisa fingida que yo pueda regalar me sería devuelta con otra que, muy probablemente, vendría causada por la alegría de que el frío por fin conquiste estas calles.

Envidia. Sí.

La felicidad ajena no hace feliz a las personas ambiciosas como lo soy yo; nosotros siempre deseamos más. Crecemos, y nos parece poco. Por ello seguimos y seguimos estirando el brazo en un afán inútil de rozar el cielo; nos inclinamos, y finalmente acabamos siendo no más que un bello ejemplo de lo que no se debe hacer.
Un monumento a la estupidez humana, a la avaricia, a la gula... Así somos, y la envidia es ese efecto secundario irremediable que surge cuando intentas dejar dicha adicción; y precisamente eso era lo que yo intentaba hacer: Dejar atrás mi afán de vuelo libre y, simplemente, olvidar.

Y para ello, luchaba contra mi misma cada mañana, sustituyendo el sinestésico café por té con frutas del bosque y, como si fuese a perderme entre sus árboles, intentaba inútilmente que ese olor dulce me embriagara expulsando de mi mente el amargo sabor de las despedidas..

Te fuiste. Me fui. Au revoir.

Y eso no me iba a afectar, o al menos no iba a dejar que lo hiciese sin oponerme.

De esta manera, también me alié con las frías duchas mañaneras y los calientes baños nocturnos a la luz de las velas; el agua con sales era mis lágrimas perdidas por el sumidero, y las duchas frías fingían ser los escalofríos que le debía tu aliento a mi espalda.

Sobrevivía, como ves. Con Vetusta hablándome de lo traicionera que puede llegar a ser la marea, y Dorian, llevándome a cualquier otra parte..

Me sumí desde el día 1 en la dieta egoísta de no pensar en la felicidad que un día llegué a saborear más que al café; mi vicio por excelencia, ese que ahora solo está al fondo del cajón esperando que algún día y una vez más, exprima de esa cápsula una sonrisa viciosa que no podrá no acabar con el labio inferior entre mis dientes..

En fin. También he de confesar que, como en toda buena dieta; los fin de semana eran para pecar. Cierto. Y aquí tenéis a esa excomulgada que se tiraba en el sofá los Sábados noche, simulando un vuelo en business class con el iPhone en modo avión. Esa, que calentaba sus solitarias y finas manos con una enorme taza de latte macchiato, contrastando el calor artificial de su corazón con la fría brisa otoñal que entraba por el balcón entreabierto; haciendo ondular las cortinas casi a propósito para que esa suerte gris de ojos juguetones distrajese a su dueña de pensar en lo mucho que deseaba cambiar su pijama por una de tus camisas..



¿Te acuerdas? Yo sí.

Era un Sábado como hoy, las mismas 07: 56 p.m. marcaba el reloj del móvil cuando empecé a marcar tu número para decir que 'lo nuestro' no podía seguir siendo tan confuso como lo era yo misma; no podíamos subir al cielo, y a la mañana siguiente caer de golpe dándonos cuenta de lo que no debimos haber hecho..

Así pues, te lo dejé claro: 'dámelo todo, o vete' porque quería que te decidieras.

Y quiero que lo hagas hoy también.

Quiero que elijas un circuito para correr. Hoy quiero velocidad. Y solo tienes dos opciones: vertical u horizontal; solo dos sonrisas, una caída, un vértigo.. Y estas ganas mías de gritarle a la noche que, si Dios existe, está ahora mismo enredado entre mis sábanas...

Perdona por este arrebato, pero todo es culpa de la voz que me ha anunciado que debo dejar el mensaje después de la señal; esa voz tuya me ha motivado a llegar la primera. A ganar. A ganarte. Porque necesito volver a ser la ambiciosa que era antes; necesito necesitarte aunque te pierdas semanas enteras... Necesito el miedo masoquista de que no vuelvas por la sencilla razón de que mi vestido favorito me quedaba mejor cuando te esperaba nerviosa... Necesito necesitar. Y eso solo me lo puedes dar tú.

Entiendo si no me devuelves la llamada, porque seguramente estarás de profunda resaca mañana por la noche que hoy te beberás de un trago, pero al menos espero ese SMS que me solía recordar lo boba que soy y que lo mucho que te acuerdas de mi, y de mi piel, y de mis piernas...

En fin, voy a ver si mi tigre ha roto del todo la cortina y, de paso, a hacerme otro café porque este, al igual que oír tu voz en el contestador, me ha sabido a poco.

Te dejaré otro mensaje cuando me pase del café al Jack; me queda mucha noche y estoy sola en casa.

Muy sola, rodeada de velas, con el rimmel corrido y fría..

No quiero que vengas.

Adiós..