Hacerte la cama con la piel suave de mis ingles. Esperarte. Tu ausencia hay veces que me pesa más que el orgullo, y eso ya es decir. Esperarte. Ver como las polillas huelen viciosas tu ropa. Qué risa. Qué tonta polilla parezco a veces. Esperarte. Verte caer y levantarme corriendo para mirarte desde arriba y verte pequeño-pequeño, verte la infancia por dentro; sacarte la nicotina, el miedo, la rabia, morderte fuerte la oreja para que sepas cómo es pertenecer a una manada. Lamerte fuerte las tripas y curarte el vértigo. Vamos, esperarte. Esperar a que crezcas y me encuentres esperándote, me mires desde arriba y quieras bajar a buscarme, que en mi mundo las torres son invertidas, ya ves.
Esperarte. Para que llegues y le cambies el tiempo al verbo. Y nos esperemos con ansia para siempre.

Jefe

Si hubiese seguido fielmente la idea que rondaba mi mente hace escasos diez minutos lo único santo que hubieran encontrado los forenses en mí sería tu piel bajo mis uñas.

Los vecinos buscan a su gato llamado Jefe y los molinos rasgan el viento y arrastran sus tripas hasta mi cuarto.

A veces pienso en escapar como Jefe, a morir de hambre como Jefe, a morir aplastada por un trailer como Jefe. A que me adopten unas manos cálidas que me dejen dormir sobre su almohada y hacerme las uñas en el sofá, como a Jefe...

Jefe ha huido del transtorno de ansiedad de su dueña y de los cambios de humor de su dueño. De los tres hijos preadolescentes que el dueño y la dueña tienen en común y de la insoportable tensión de una familia que se desmorona. Jefe tenía miedo.

Ahora que Jefe no está echaré mucho de menos ver desde el balcón su pequeña cabecilla de calabaza naranja, asomada curiosa y triste por la ventana del salón desordenado de sus dueños. Echaré de menos sus ojillos de canica asustados por un grito repentino y satánico de su dueña. Echaré de menos ver cómo su dueño, que ya no ama nada ni a nadie, ama a Jefe.

Os contaba antes lo del viento porque dicen que cuando ves morir a alguien después le puedes ver la sangre a la lluvia, el cáncer al sol, las tripas al viento,... Y una vez llegado a ese momento te preguntas qué es lo muerto si todo lo está. Lo muerto eres tú.

No vuelvas, Jefe.

Dudas postexistenciales

Qué le voy a decir
a nuestro futuro hijo
que observa como mis ojos azules
—como los suyos—
y tus ojos pequeños
—como los suyos—
se miran con desprecio.

Cómo le voy a explicar
que su naríz no será
como yo me la había imaginado
—pequeña, como la tuya
y respingona, como la mía—
porque de la esperanza no se vive
y, menos aún, se nace.

Cómo he de predicarle con el ejemplo
de que no se debe matar a uno mismo,
de que el Amor no sabe a sangre,
de que el sufrimiento es opcional

si yo sin él no quiero este cuerpo
ni esta sangre;
que sufrir, para mí, es pagar.

Cómo se le dice
a tu futuro hijo
que su madre ha muerto.
Que su padre se ha ido.
Que ya no tiene un hogar.