Aléjate del agua

Le huele la nuca a aire de río, ¿sabéis? Y es un dato importante ya que dicen por ahí que si tienes un temor muy hondo (nunca mejor dicho) es porque tu subconsciente, el diablo sabrá cómo,  intuye que esa será tu manera de morir.

Yo temo al agua. A sentir entrar agua por mis vías respiratorias y hacer de mis pulmones unos cenotes, como los de Yucatán. He soñado mil veces que me ahogaba y que, a pesar de saber nadar, no lograba nunca llegar a la superficie.
Con los años este miedo no es que fuese aminorando: empecé por renegar del mar y al final no logro ni aguantar medio minuto en una piscina en la que no roce el fondo. Que no os  mientan con la mierda de que "con la edad esas tonterías se pasan", qué va; con la edad sólo te cercioras de que si tu cuerpo teme a algo inexplicablemente, uno debe alejarse de ese algo ya que el miedo es un aviso del alma. Otra cosa que aprendes también con la edad es que hay muchas formas de morir ahogada y que, una vez asimilas que no podrás escapar de tu destino, puedes elegir la forma que mejor te parezca o la que menos crees que te va a doler; o cuyo dolor te parezca que compensa el sufrimiento.

Yo le elegí a él. O él a mí. No sé. Recuerdo que vino a mí como un oasis que se acerca al sediento y yo bebí y bebí de su agua sin recordar aquel  viejo cuento cuya niña protagonista se perdía en un bosque y cada vez que bebía de una charca su alma le decía "No bebas o te convertirás en una cabra". A ver, sé que no es la mejor comparación lo de la maldita cabra pero la moraleja era que no se debía confiar en lo que el camino te ponía delante; no se bebe de aguas turbias por muchos rosales que rodeen el charco. Pero la niña del bosque bebió, y yo también.

Conocer a alguien debería suponer aceptar sus caminos, sus bosques y sus aguas turbias y en un principio juro que lo hice, pero, ¿cómo se dejan atrás los miedos? ¿El amor sigue siendo un salvavidas cuando el amado es el océano?...

Me temo que sí. El amor pone a prueba los miedos y lanza nuestra pesada vida, como si de un bloque de cemento se tratase, al fondo del río que desemboca en su nuca y te deja oxígeno suficiente en los pulmones como para que observes el trayecto antes de... Antes de que te ahogues, sí. Antes de que te entren sus aguas por tus vías respiratorias y conviertan tus pulmones en cenotes de Yucatán, antes de que por fin comprendas que, no es que no puedas nadar hacia la superficie, es que, una vez llena de su agua, ya no quieres.

Hacerte la cama con la piel suave de mis ingles. Esperarte. Tu ausencia hay veces que me pesa más que el orgullo, y eso ya es decir. Esperarte. Ver como las polillas huelen viciosas tu ropa. Qué risa. Qué tonta polilla parezco a veces. Esperarte. Verte caer y levantarme corriendo para mirarte desde arriba y verte pequeño-pequeño, verte la infancia por dentro; sacarte la nicotina, el miedo, la rabia, morderte fuerte la oreja para que sepas cómo es pertenecer a una manada. Lamerte fuerte las tripas y curarte el vértigo. Vamos, esperarte. Esperar a que crezcas y me encuentres esperándote, me mires desde arriba y quieras bajar a buscarme, que en mi mundo las torres son invertidas, ya ves.
Esperarte. Para que llegues y le cambies el tiempo al verbo. Y nos esperemos con ansia para siempre.

Jefe

Si hubiese seguido fielmente la idea que rondaba mi mente hace escasos diez minutos lo único santo que hubieran encontrado los forenses en mí sería tu piel bajo mis uñas.

Los vecinos buscan a su gato llamado Jefe y los molinos rasgan el viento y arrastran sus tripas hasta mi cuarto.

A veces pienso en escapar como Jefe, a morir de hambre como Jefe, a morir aplastada por un trailer como Jefe. A que me adopten unas manos cálidas que me dejen dormir sobre su almohada y hacerme las uñas en el sofá, como a Jefe...

Jefe ha huido del transtorno de ansiedad de su dueña y de los cambios de humor de su dueño. De los tres hijos preadolescentes que el dueño y la dueña tienen en común y de la insoportable tensión de una familia que se desmorona. Jefe tenía miedo.

Ahora que Jefe no está echaré mucho de menos ver desde el balcón su pequeña cabecilla de calabaza naranja, asomada curiosa y triste por la ventana del salón desordenado de sus dueños. Echaré de menos sus ojillos de canica asustados por un grito repentino y satánico de su dueña. Echaré de menos ver cómo su dueño, que ya no ama nada ni a nadie, ama a Jefe.

Os contaba antes lo del viento porque dicen que cuando ves morir a alguien después le puedes ver la sangre a la lluvia, el cáncer al sol, las tripas al viento,... Y una vez llegado a ese momento te preguntas qué es lo muerto si todo lo está. Lo muerto eres tú.

No vuelvas, Jefe.