Dudas postexistenciales

Qué le voy a decir
a nuestro futuro hijo
que observa como mis ojos azules
—como los suyos—
y tus ojos pequeños
—como los suyos—
se miran con desprecio.

Cómo le voy a explicar
que su naríz no será
como yo me la había imaginado
—pequeña, como la tuya
y respingona, como la mía—
porque de la esperanza no se vive
y, menos aún, se nace.

Cómo he de predicarle con el ejemplo
de que no se debe matar a uno mismo,
de que el Amor no sabe a sangre,
de que el sufrimiento es opcional

si yo sin él no quiero este cuerpo
ni esta sangre;
que sufrir, para mí, es pagar.

Cómo se le dice
a tu futuro hijo
que su madre ha muerto.
Que su padre se ha ido.
Que ya no tiene un hogar.

Canción triste

Huele a que han fumigado las calles y la gente sale a pasear pues el veneno atrae al veneno. Ahí se les caigan los ojos a todos. Que los ciegos escuchan mejor. Que aprendan a oír el cantar del pájaro y a oler el tabaco y el vómito en la ropa de sus hijos. Que los ciegos tienen mejor olfato.

Mójales la cara, cielo, mójales.

Despiértales del sueño americano, que esto es España. Que aquí hay poetas enterrados en fosas comunes, poetas con huesos mezclados con otros huesos y al poeta le da igualporque la costilla del prójimo es su costillapero a nosotros debería importarnos; como cuando queman árboles y linces para construir palacios, como cuando en esos palacios viven toreros que comen del matar.

Torito, ¡ay!, torito bravo, benditas sean tus pezuñas descalzas y puras 
como las de un niño muerto recién nacido.

¡Ay!

Huele a que han fumigado las calles y la gente sale a pasear pues el veneno atrae al veneno.

Dolor visceral.

Empecé a conocerme a los seis años, cuando un cuervo azul me traía ojos por cada diente que se me caía. Imaginad cuántas miradas perdidas guardé bajo la almohada...

Cuando, por fin, me pude ver las manos fue demasiado tarde: ya tenía dos clavos donde merecía amor. Dolor. Olor a viejo. Ansia. Vértigo. Vómito. Huida. Ramas. Vestido roto. Golpe de nudillos de mamá.

Otra vez al cuarto. Otra vez sólo oigo coches pasar por la nacional de al lado. Otra vez mi nombre en alguna garganta gitana. Otra vez yo viéndome flor al borde del precipicio.

Hola, papá. Cuchara fría en el ojo morado. Duele. Dolor. Olor a viejo. Ansia. Vértigo. Vómito. Pero ya no huyo. Se acabó. Gasté mis suelas.

Ya no te quiero más, cuervo. No más ojos. No quiero verme las entrañas, no quiero escalar por ellas. Me resbalan las manos.

Empecé a conocerme cuando tenía seis años. Hoy aún no he terminado.