Amores que me dejaron, para irse con el pasado..


Nunca entendí tu afán de sentarnos juntos en el salón, en silencio, entablando cualquier conversación prefabricada por tu retorcida mente para gustarme. Observarnos, hablar de arte. Y empezar entonces tú a pintar sobre mi cara el desconcietro por verte, sin parar de relatar con esa voz tan tuya las etapas de Picasso, descender por mi vestido hasta colarte entre mis piernas, para enseñarme esa técnica de trazo que hacían convertir tus silencios en mi placer..



Es más que curioso el hecho de que lo único que se me ocurre decir en mi defensa es que tu sonrisa no solo agradaba a mis ojos, que va; esa sonrisa tuya le gustaba a todo mi cuerpo. Tanto que, a media lengua de distancia, la única defensa que poseía era mi voz entrecortada susurrando un '¿Pero qué estamos haciendo?', el cual al parecer no hacía más que darte más ganas de seguir cometiendo ese 'qué', fuese lo que fuese.

Y yo era tu sumisa cómplice. Mi carácter se rindió ante ti tantas veces que mis rodillas ya hasta pueden echarte de menos; todo mi cuerpo recuerda, sin respetar horarios, las múltiples formas que tenías de cumplir con tus palabras. Y eso me encantaba.
Todo lo que me decías eran hechos, y supongo que eso fue lo que me enamoró de ti; además de esas camisas, perfectamente enmarcadas en tu espalda.
Tu cuello, tu olor, tus cremalleras.. No sé. Llámame loca si digo que fue contigo con quien aprendí que el exterior era igual de importante que lo que guardaba ese pecho tuyo.. Sí, eras tú, pero sin tus manos no podrías haberme cogido la cara de esa manera, tranquilizándome durante una más de mis caidas al vacío. Tus ojos, sin ellos no hubieras podido hablarme cuando las palabras eran tan vacías que hasta se las podía comer el eco que vivia en ese portal.
Tus brazos, tu boca.. Al fin y al cabo sería imposible quererte sin esas pequeñas virtudes físicas; tus sonrisas me enseñaban a ver todo aquello que tu orgullo no permetía decirme, y tus brazos.. Esos eran más. Mucho más, pues me demostraron que un tipo tan impasible como tú podía tener sentimientos; podía quererme de verdad.
Me abrazaron, me hicieron parte de ti y solo gracias a ellas pude, por primera vez, escuchar esas palabras en Morse que tú no sabias ni vocalizar, ni callar.

Pero dejándo los sentimentalismos, y siendo sincera, supe que quise volver a verte enredado en mis sábanas cuando conocí que, más allá de tu paladar, no paraba de funcionar una mente retorcidamente morbosa.
Tus teorías sobre el mundo, nosotros y el sexo eran dignas de demostrar, y yo no quería perderme aquel acontecimiento. Así que me dediqué a conocer qué tramaban esos engranajes, sorprendiéndome con cada tuerca al comprobar que esa máquina de perversión ya me había descifrado; sabías mis pros y mis contras, mis vicios y virtudes. Mis miedos, mis vértigos..
Todo lo que yo era y más se albergaba en tu disco duro. Y eso me asustaba, pues realmente me pensaba una de esas musas que nadie entrendía, pero que más de uno se dedicaba a describir, aún sin saber siquiera qué marca de ropa interior era mi favorita.

En fin, ¿Qué más puedo decir? Me habías catado y calado de pies a cabeza, quedándote en esa última cual huesped permanente durante noche y día, y lo peor es que venías con ese As en la manga que podía abrir todas mis puertas..

Eras de esos hombres que saben un pequeño detalle que ignoran la mayoría de las mujeres: Tenías más que claro que un 'Buenos días' de princesa no se susurra al oído, si no que se debía de sentir entre las piernas. Y demás perversiones que hacían pulular tu presencia en mi, cual polilla, comiéndose todos mis vestidos, vivencias y recuerdos viejos para dejarme con ganas de sorprenderte, renovando el armario y dejando que seas el primero en quitarme ese vestido nuevo que esperaba la mejor ocasión, y joder, ¿Qué mejor que contigo?

Maullidos del alma.

Era la más puta del lugar por vender sus palabras a cualquiera que supiera encontrar, de entre el humo de tabaco y faldas ajenas, la niña que ni ella sabía que jugaba dentro de su pecho. Esa que rompía sus sonrisas sin querer, llorando porque el globo que le había regalado el señor de ancha espalda y manos bonitas se había desatado y volado alto; tanto que ni las nubes podían, con sus largas manos, alcanzar los sueños que flotaban junto a ese pequeño punto rosa que ahora no era más que un objeto no identificado pululando por su memoria.



Así era ella; alta, gris y completamente capaz de encontrar la mínima diferencia entre lo que quería y lo que necesitaba. Ella, esa que parecia perdida en su propia duda, pero que sabía perfectamente la respuesta de todas aquellas preguntas que se susurraban a sus espaldas; sí, no le gustaba estar sola, y tampoco la permanente compañía era una opción, ya que cada vez que su pequeña taza de porcelana se llenaba de ese brebaje ardiente, vertía, y los pocos sueños que hasta ahora se habían escrito en sus blancas paredes fluían incrustándose en las comisuras de su boca, facilitando así fingir cada vez una sonrisa más sólida, imponente ante cualquier acusación.

De esta manera, y sin saber cómo pero teniendo muy claro el porqué, los tacones de aguja y el carmín incandescente pasaron a ser su marca de vodka; los primeros cosían sus arapos después de cada desilusión, enseñándole que pisar fuerte y anclar su persona al asfalto es lo que le permitía no olvidar nunca que, aún siendo hoy un día grís, traerá consigo ese perfume de lluvia que tan bien combina con su piel y la llenará de ganas de volver a seguir, aunque solo sea por robar algunas miradas.
Los labios eran su dolor. Las palabras que tan pocas veces pronunció y por las que tanta guerra sentimental tuvo; tantos dientes clavados en esos labios, tantas mentiras escupidas.. ¿Qué podía esperar? Lo justo era camuflar toda esa experiencia bajo un tono intenso; un rojo que doliese a la vista, pero que, cual droga, pidiese al menos una mirada más..

Miradas. Cada una una de las cajas de zapatos escondidas debajo de su fría cama guardaba miradas que, si pudiese, quemaría con su propio mechero con tal de evitar que los dueños de susodichas se convirtiesen en bestias y consiguieran salir de debajo de esa cama..para meterse en ella.

Vivía con ese y muchos más miedos tatuados sobre la muñeca izquierda, los cuales también le servían como sucia excusa para tapar viejas cicatrices de guerra, por las cuales acababa cada noche solitaria contándole sus batallitas a la almohada; esperando que al amanecer ésta le tenga un lado frío preparado, cual anestésico, para remediar la resaca sentimental provocada por las copas de agua salada de más tomadas con sus recuerdos antes de dormirse.



Así soñaba ella; así fingia que vivía, cuando en realidad lo que hacía es esperar ese algo que, según su pequeño huesped, podía ahogar el asfixiante tic-tac del tiempo entre abrazos y por fin, enseñarle que tener el carmín corrido era una muestra de que todo va bien, y no como ahora, que cuando le preguntaban por esos ojos enmarcados en rimmel aguado ella se limitaba a responder con un 'No es nada..', mientras la frase la terminaba esa niña de su pecho, susurrando un '...me falta todo'.



Mujeres, y otras drogas.



Nunca me ha gustado llegar tarde, y menos me gusta aún que me obliguen a ello. Y sí, hoy es cuando lo han hecho, robándome con ese maravilloso acto todas mis ganas de sonreír a este camarero que, a pesar del olor a café recién hecho y tabaco, emana unas ganas de no dejar de mirarme que percibo sin esfuerzo alguno, quizá por estos reflejos míos o también porque el pobre ya no sabe qué hacer para atenderme él, ya que supongo que esta mesita de la esquina no está a su servicio.
Es gracioso, y no me llaméis egocéntrica por darme cuenta de detalles como estos ya que, simplemente, el hecho de gustarle a un hombre solo me hace aprender a identificar más y más ese comportamiento superficial tan humano; le gustan mis piernas falsamente alargadas por estos catorce centímetros. Puede que también mi vestido, especialmente entallado para enmarcar mi cintura y con el escote justo para que el poco pecho que luzco pueda atraer más 'vistazos' que el rojo carmín que encuadra mi fingida sonrisa.

¿Veis? Es fácil. 

Las estrategias de una mujer para conocer a las personas se basa en los hombres, ya que a nosotras mismas ya nos conocemos y entre una y otra las diferencias solo pueden residir en la inteligencia, siendo esa la que desata personalidades opuestas en el género femenino, resumiendo nuestro 'complejo' mundo en dos grupos: 'Mujeres' y 'Señoritas'.

Las primeras se caracterizan no por tener claras dónde tienen las tetas y dónde es que terminan sus piernas, qué va; las mujeres saben que más allá de las curvas puede haber un punto ciego que les hará tomar decisiones internas, de sangre fría. Decisiones que pueden provocar el caos o pueden, simplemente, ahorrarle esa uña rota; y con ella, una carrera en las medias; y con esa, una cita fracasada; y con dicho fracaso evitado, borrar de su destino todas aquellas sensaciones que la harán replantear, adivinar, dudar y finalmente llegar a otras muchas malas decisiones por tener la cabeza en el 'qué hubiese pasado si..'.
Sintetizando: Las mujeres saben qué siete cosas pueden pasar antes de que pasen. Y os lo puedo demostrar: El camarero que antes os he presentado no tendrá más años que los míos, los cuales no son muchos, pero sé que mi aspecto hoy puede sumarme un par de primaveras más de las que tengo. El caso, es que él no sabe lo nulas que son sus posibilidades, porque no se ha parado a pensarlas; este chico solo ve lo que en el momento le alegra la vista, sin pararse a divagar sobre los disgustos que se puede llevar si arriesga con algo más amplio que su sonrisa, esa que luce sin cesar mostrándome en panorámico sus amplios dientes.

De esta sencilla situación desarrollada en un tímido bar de esquina pueden descarrilar hasta siete distintos actos.

El primero es el más obvio, y el que ya os adelanto que pasará: Él no hará nada. Sonreír mucho y todo el rato, eso sí, pero no hará nada por conseguir un mínimo contacto conmigo, ya sea por tímidez o porque el encargado no ha mostrado interés en cederle mi mesita y dejar que él tuviese el honor de servirme mi bombón.
No hará nada porque no piensa que, al oír mi '¡Hasta otra!' y el ruido de la puerta al cerrarse trás de mi, su pequeña cabecita le susurrará '¿Volverá?, ¿Cuándo?, ¿Por qué no te has despedido?, eres idiota..', y volverá a servir cafés y napolitanas sin pensar en lo que hace, si no en lo que no hizo.

La segunda posibilidad parte de la seguridad en uno mismo; él sabe que tiene una sonrisa bonita, y no ve nada mal sus bíceps —aún sin desarrollar— cuando se levanta a las siete de la mañana y posa ante el espejo del cuarto de baño mientras se cepilla sus amplios dientes. Piensa que la pajarita que les hace llevar el jefe le da ese toque 'sexy' que tantas veces ha visto en su película favorita, y desde luego cree que invitarme al café que me estoy tomando hará que, al salir, haya dejado mi número escrito sobre una de esas servilletas de 'Gracias por su visita'.

Mi tercera suposición abarca la torpeza y esperanza que empuja a uno a no pensar en lo que pueda pasar y a dar los pasos que él piensa necesarios para tener un acercamiento con la servidora. Éste, da la casualidad de que puede describirse como una mezcla de la actitud del primer y segundo acto: Su esperanza de éxito le confunde dejando las probabilidades de fracaso y victoria en un fifty-fifty; no piensa en qué puede pasar, y opta por esas típicas tácticas de 'Oh, ¿No nos conocemos de algo?' o aquello de 'Perdona, voy a lipiarte la mesa' aún estando esta bastante en condiciones..
El caso es que dado a esas muletillas y gracias a mi educación —la que no me permitiría hacer otra cosa que dar cuerda a esa efímera conversación que se hubiese desencadenado a raíz de eso— el chico en cuestión ya habría olvidado los pasos intermediarios que antes había trazado en su ambicioso plan; lanzándose de cabeza a una piscina vacía y dándose ese golpe que hará retumbrar en su cabeza la negativa seguida, obviamente, de una adecuada sonrisa de compasión de mi parte.
Trás eso último, la paralela antes mencionada se traza con el primer acto; volviendo a los remordimientos posteriores a mi '¡Hasta otra!', que en su totalidad consistirían de esos 'eres un necio.., ¿Qué coño acabo de hacer?' y demás, lo cual le volverá a hundir en la rutina de preparar café y calentar napolitanas pensando en lo ridículo que ha resultado su papel.

Y así de la sencillez parte lo complejo, y eso último es lo que distingue al primer grupo femenino y a las 'Señoritas', antes mencionadas.
Las 'Mujeres' saben qué hacen, qué harán, qué no hacen, y qué es lo que rotundamente no harían nunca. Y como lo saben de si mismas, también lo aplican al resto de personas que rodean su momento, consciente o inconscientemente, analizando así la aceleración de tiempo correcta que les hará no descarrilar, a pesar de esas curvas con puntos ciegos, y tomar de paso la actitud y opción correcta que las librará de todo aquello que pueda, en un futuro (lejano o próximo) arruinarles el rimmel.

Pero dejando atrás esas mentes retorcidamente maravillosas, damos paso a ese segundo grupo que antes os he mencionado: Las 'Señoritas' que, en su defecto o virtud, son féminas mucho más sencillas. Tanto que hasta ejemplificar su comportamiento me resulta, más que complicado, anecdótico.
Antes de nada, cabe mencionar que aquí la mente no juega un gran papel y por ello leer esta parte será algo similar a aquellos chistes de Lepe; continuas situaciones con solución banal, típicos tópicos y muchas risas para disimular que no hay mínima idea de si lo que acaban de dirigir a una de ellas es un cumplido o algo por lo que deba hacer sonar un indignado '¡Já!' e irse a casa en taxi para ver 'El Diario de Bridget Jones' mientras el helado y la mejor de las amistades cura la pena pronunciando un sonoro '¡Qué cabrón!' al otro lado de la línea.
Estas 'Señoritas' tan peculiares no son necesariamente pertenecientes a la famosa 'Edad del Pavo', ni mucho menos. El amplio grupo puede abarcar extensas franjas de edad, ya que no es tan cierto eso que muchos dicen sobre que 'la edad es experiencia', al menos dentro del género femenino.

Aquí, todo se basa, simplificando, en las veces que se les ha roto un tacón; si el zapato era caro y la desgracia ocurrió a principio de la noche, todo es un tremendo '¡OH MY GOD!' —aunque no sepan como se pronuncia.— Exclamando eso, quiero decir que el descontento que les provoca el altercado terrorista del adoquín callejero es tan inmenso que pasa a ser digno de llamarse 'experiencia' y ser usado en tu contra transformado en un sentido 'Después de todo lo que he pasado, sigo en pie'.
Trás esta desgracia, también preceden otras tantas muestras de 'madurez' como 'Él es mío para siempre, te lo digo porque noto como me trata', 'Yo nunca he pedido una cita a un hombre', 'Después de los cuarenta el rosa rejuvenece' o el clásico 'Yo soy una señorita y no hay cabida para el sexo hasta que me demuestre X cosas'.

Eso último lo enmarcaría, pero creo que sería muy cruel tirar la piedra a mi propio tejado, así que sigamos.

Las 'Señoritas', no hay que negarlo, son prácticas. Y con 'prácticas' me refiero a sencillas. Esto se refleja en un pilar clave de su mentalidad: El hombre. Su gusto por el género masculino no resulta tan variado como lo puedan preferir las 'Mujeres', pues nuestras protagonistas buscan un hombre perfecto, con lo cual lo buscan todo y nada.
Me explico: El afán de meter todas las cosas que nos gustan en un mismo saco siempre ha acabado dejándonos sin nada, y con ese saco sobre la cabeza, para no ver la que hemos armado.
Y así está la cosa en su mundo: Coleccionan chascos y riegan con sus lágrimas masoquistas la reputación de la mente femenina ante los hombres, dando pie a una generalización que refleja nuestro sexo como el débil, el cual necesita un par de brazos, ojos y un codiciado cerebro masculino para dejar de pulular y cegar la mirada ante los defectos de su amado, creando así la imagen perfecta bajo la cual se refugian e intentan no dar más pasos, por el miedo de volver a romprerse el tacón.

...

En fin, sigue habiendo un largo etcétera que destacar tanto sobre las 'Mujeres' como sobre estas últimas 'Señoritas', pero no será hoy cuando yo me decante con esa actividad, pues mi enfado interior crea en mi un repentino arrebato que hace tomarme el último dulce sorbo del bombón que me quedaba, dejarlo pagado con la correspondiente propina y salir por esa puerta entreabierta, dejando trás de mi el ruido sonoro de los tacones y el '¡Hasta otra!', acompañado junto a una sonrisa, expresamente dirigida en agradecimiento a ese camarero de panorámica expresión por haber resultado ser, sin siquiera sospecharlo, mi pequeño protagonista esta tarde.
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Quizá trabajar hasta estas horas me rompa, y todo eso se junte con el concierto que me acabo de perder más los abrazos que necesito y no tengo. Quizá mi retorcida mente esté cansada de estos análisis plasmados en las amarillas notas del iPhone y mi persona solo necesite no pensar en nada. Quizá todo eso y más, no sé. Pero lo que sí tengo más que claro es que no tener sexo me hace pensar, y eso me cansa y me llena de ganas de él, para volver a olvidarme de todo.

Soluciones anónimas.




Hoy es uno de esos días en los que, estar sola, pasa a ser directamente proporcional a las ganas de tenerte entre mis piernas.

Quizá suene vulgar, puede ser que hasta lo sea, pero ¿Qué más dará? Después de todo, hace mucho que admití que las cuerdas que me ataban al título de señorita se quebraron aquella tarde en la que acepté ese cortado de un hombre que me conquistó con su don de oportunismo. Sí. De esos que saben aparecer en el preciso momento, amarrándo sus manos a mis caderas; cual salvavidas, impidiendo que me hunda en mi mar de pena..

Él fue así. Y no sé si de mi le gustaron mis piernas, sonrisa o el rimmel corrido, pero lo cierto es que su manera de mirarme daba por hecho que se moría por conocer esos dos hoyuelos que descubrió al final de mi espalda.. Lo cual yo, confesando, le puse bien fácil. O la situación le ayudó, no le tengo muy claro. Pero imaginad un combo de susurros en francés bajo la tenue luz de una terraza catalana. Imaginad una conversación sobre arte, política y sexo. Imaginad olor a tabaco y.. Joder, sus manos.

Mi carácter detallista, muchas veces, me mete en líos de sábanas de los que salir se convierte en otra aventura que me dedico a contaros. Y, pues, aquí me traicionaron sus manos; eran grandes, usadas, y el tono moreno de su piel bajo la escasa luz de aquel rincón crearon una sinestesia en mi que trajo a mi boca el amargo sabor del chocolate. 90% de pureza que, seguramente, sabía trazar las líneas más rectas sobre lienzos cóncavos, pintando minuciosamente escalofríos sobre mi espalda desnuda..
El vestido que estrené aquella noche me ayudaba a percibir las intenciones de aquel par que, avariciosamente, quería manufracturar mis ganas de olvidar y convertirlas en lo que vulgarmente llaman orgasmos, pero yo defino como 'banda sonora de soluciones que son enunciados de un nuevo problema'. Sí. Porque así es mi forma de complicar las cosas sencillas; el sexo, y todas sus melodías son datos de una reacción que explotará en contacto con el catalizador; los sentimientos, y estos a su vez volverán a atiborrarme el corazón de esperanzas que acabarán por causarme otro arrebato de ganas de ver 'Lo que el viento se llevó' mientras el helado de stracciatella me congela las lágrimas.. Fín. Nunca he pensado en las consecuencias y esa noche no iba a ser la primera vez, así que me dediqué a olvidarme también de que sentir era mi quehacer favorito, centrándome en cómo sus labios me invitaban a compartir hotel. Proposición de la cual negarme fue fácil; no dejarme convencer, no tanto..

No me equiovoqué cuando supuse que sus manos sabían perfectamente qué esquinas de mi piel difuminar con sus dedos, pero me pilló desprevenida su capacidad de ruborizarme con las acuarelas de su lengua.
Supo cómo borrar los restos de lágrimas mezcladas con rimmel sin mancharme el corazón, además de combinar a la perfección sus dientes con mi clavícula..

Cupe en sus manos cual pincel, con el que escribió sobre las blancas sábanas la respuesta que vine buscando por las calles de la Ciudad Condal: Los pequeños detalles son el engranaje de nuestras vidas. Y aún que lo neguemos, nunca está de más dejarse llevar y esculpir en una noche el recuerdo que, con su sombra, oculte los motivos que nos hicieron buscar una forma de perdernos, y encontrar en manos ajenas algo que siempre nos perteneció; las ganas de continuar equivocándonos.