Diario de un monstruo.

El problema está en que nunca nadie se pregunta por qué razón se esconde el monstruo debajo de la cama. Todos le temen y meten nerviosos sus fríos pies debajo de las sábanas por si al malvado y desconocido monstruo le da por abrazarse a ellos. Sí, abrazarse. Porque quizá él no se meta entre pelusas y calcetines sucios para asustar, ¡Suena estúpido! ¿Quién hace eso? ¿A quién le gusta estar debajo de la cama pudiendo dormir en una? No seáis ridículos... Los monstruos se meten debajo de la cama a llorar.

Y ahora, ¿Quiénes son los monstruos? ¿Alguna vez habéis visto uno? Yo sí.

El otro día me miré en el espejo antes de meterme en la cama y vi que me faltaba el corazón. ¡Normal que me llamasen 'rara'! Tenía un agujero en el pecho del tamaño de un puño. No sangraba, pero era como si hubiese perdido la pieza más importante del puzzle—la cara de la única persona del dibujo, la cima de la Torre Eiffel o la casi-unión de los famosos dedos de Adán y Dios—. Era feo. Así que probé con maquillaje, ropa bonita, probé a bailar un poco pero nada lo disimulaba... Nada lograba hacerme ser 'normal' porque ese hueco que permitía ver en el espejo la pared de flores amarillas que había detrás de mi lo anulaba todo y así las miradas de la gente se iba hacia ahí; hacia lo que había detrás mío y no la sonrisa con la que yo—inútilmente—intentaba suavizar mi pequeño gran defecto.

Así es, os acabo de contar mi secreto; soy un monstruo. Lo supe aquel día que me dio por mirarme en el espejo antes de dormirme pensando que todo está bien mientras nada lo estaba. Y es que es así como un monstruo descubre que lo es; cae en la cuenta de que su rareza es debida a una fatal ausencia emocional. La peor carencia de su vida que se pasará intentando enmendar el resto de sus días entre pelusas y monedas de un céntimo que nadie recuerda haber perdido...

Así pues, de monstruo a mostruo: duerme tranquilo; te besaré la mano si la dejas caída.

Manos.



Él me dijo un día que las manos no le impresionaban. Que sus manos no le impresionaban, y entonces me ofendí. ¿Cómo no iban a hacerlo? Grandes, tan llenas de historias como de cicatrices... De verdad os digo que nunca me entendió cuando yo le decía que con solo pensar en sus manos podía romper a llorar a la vez que morir de placer, no entedía cómo es que sólo un roce podía convertir el mármol en carne. 

Yo sí sabía de su mágia. Pero a pesar de eso decidí dejar de mencionarlas porque notaba que a veces mi corazón dejaba de latir si sus dedos índice y pulgar no le pellizcaban despacito de vez en cuando.