Si los gatos supiesen hablar, se quejarían.

Yo sé que él no me quiere.

Bueno, quizá sí, pero este 'amor' sería comparable a querer a un gato: me acaricia, me besa, me mima, pero a la mínima que salto a un lado fuera de su antojo o saco mis uñas para arañarle la espada, me pone mala cara...
Supongo—pero no afirmo—que él también lo sabe; sabe que todo esto es nuestra pequeña necesidad, la cual nos hace felices mientras comemos chocolate y jugamos a imaginarnos una bonita vida juntos con un salón muy grande lleno de flores disecadas, copas de vino, libros, mis bragas y sus calcetines tirados cerca de la mesita de café y algún plan para el futuro que nos permita a ambos hablar en plural... No sé, las típicas cosas que hablas con tu gato cuando nadie te ve ni te oye.

La confirmación a todo esto es que nunca me llama y cuando me escribe dice que se cansa de leer. Pero yo no me quejo; sólo maldigo mi suerte por no ser un libro, lloro un poco y se me pasa. Tal vez otra prueba infalible sea que, cuando hacemos el amor, él nunca deja la luz prendida."¿¡Para qué quieres tú, loca, la luz prendida!?", pues os diré: alguien que te quiere cuenta tus lunares, tus pestañas y te aguanta el pelo mientras le lames las raíces, ramas y folios; pero él no. Él no me quiere, y no me quejo, porque al menos yo sí sé cuántos lunares tiene en la tripa y hasta encontré los que más me gustan—son tres, los llamo 'mis islas Bermudas' cuando él no me oye—. Sé, también, que en el ojo izquierdo tiene dos pestañas más que en el derecho y que sus labios son los más finos que he visto jamás... Y claro, os preguntaréis cómo yo veo todo esto si él siempre apaga la luz, pues es sencillo: le toco. Le toco mucho y sin parar: le acaricio, y acaricio y vuelvo a acariciar hasta que vuelve a reñirme como a su gato y entonces paro, pero no me quejo.

Tampoco me quejo cuando me repite mil veces que como poco y mal, sin saber que lo que pasa es que a veces estoy tan entretenida cazando a los pájaros que revolotean en mi cabeza que se me olvida hasta eso,
comer (por ello soy un gato flaco y le clavo las costillas en cada abrazo). Y pues, como cree que sólo sé engullir besos tampoco se da cuenta de que probablemente yo sea la mejor cocinera que haya conocido; sólo que aún no tuve tiempo para aprenderme sus recetas favoritas porque sólo le beso una vez al mes... Pero no me quejo, de nada, ni siquiera de que no le gusten mis faldas ni mis camisas a rayas, ni de que odie intensamente a Jodorowsky. Tampoco le convence mi iPhone, mis calcetines de colores ni mis bragas de encaje. ¡Todo podría ser 'más digno'! ¡Todo! ¡Incluso yo! Podría ser más bajita y menos propensa a observarlo todo. Podría hablar más, sonreír más, beber cerveza, comer coliflor, llevar leggins, ser más precisa, preciosa y princesa pero elegí ser un gato. Su gato. Elegí no quejarme nunca y quererle aunque él no me quisiese a mi.