Yo quiero un Nicolas Cage en mi vida, aunque sólo sea para un guión...


<<¿Eres deseable? ¿Eres irresistible? Si bebieras conmigo bourbon. Si pudieras sentir el picante de tu boca al besarme y sentir tu cuerpo desnudo, oliendo a bourbon mientras follamos... ¡Me vendría bien! Y así aumentaría mi estima por ti. Si derramaras bourbon sobre tu cuerpo diciéndome 'Bébete esto', si te abrieras de piernas y el bourbon fluyera por tus pechos y tu coño y dijeras 'Bébetelo', entonces podría enamorarme de ti porque entonces tendría un motivo para limpiarte y eso, ¡Eso! Demostraría que sirvo para algo.
Te lamería entera, para que pudieras irte a follar con otro.>>

'Leaving Las Vegas' 

Volvemos a ser el problema... ¿O quizá los hombres estén hechos de excusas?


<<—   ¿Estas casado, Manny?
   Qué va.
   ¿Mujeres?
   A veces, pero nunca dura.
   ¿Cuál es el problema?
   Una mujer es una ocupación para todo el día. Tienes que elegir entre ella o tu profesión.
   Yo creo que existe un desahogo emocional.
   Y físico también. Ellas quieren follar día y noche.
   Búscate una con la que te guste follar.
   Sí, pero si tú bebes o juegas, ellas se creen que estás despreciando su amor.
   Búscate una con la que te guste beber, jugar y follar.
   ¿Quién quiere una mujer así?>>


'Factotum'.— Charles Bukowski 
  

Guiones rutinarios Vol. VIII

— Siento como si el mundo no me quisiese dentro...
— Bueno, tú también echaste a ese que considerabas ‘‘tu mundo’’. ¡Le cerraste la puerta en las narices! Algo tenía que hacer el karma...
— ¿Matarme?
— No digas tonterías.
— Sí, fue oír sus zapatos bajando los escalones y noté como la Tierra empezaba a girar en dirección contraria a mis pasos: Me estanqué. Y aquí sigo; sin él, sin rumbo ni citas a las 6:00.

¿Me quiere?, ¿No me folla?, ¿Me folla?, ¿No me quiere?...



<<— No me has hecho el amor en dos semanas.
El Amor tiene muchas formas. El mío ha tomado una forma más sutil.
— No me has follado en dos semanas.
— Ten paciencia. En seis meses estaremos de vacaciones en París, en Roma...>>


...en Nueva York. Ya. Pero no me has follado en dos semanas. 

Y por ello hoy me siento menos guapa, ¿Sabes? Desde que te has ido tengo ojeras de simplemente no dormir, los únicos moretones que gasto son cortesía de las esquinas de mi mesa y (por si fuera poco todo lo anterior) ya no me quedan más excusas bajo la almohada...


Qué va. Miento. En realidad desde que te has ido todo es absolutamente igual que antes de que te pasaras por aquí. Menos en una cosa: Ahora pienso en ti de vez en cuando. Pero tampoco mucho.
Ayer, por ejemplo, me acordé de ti sólo dos veces: La primera al abrir la nevera; estabas ahí. Era como tener un déjà vu y morir de frío a la vez—<<morir>>, sí. Y si no me crees, que te lo cuenten mis pezones—. Descubrí que en el tercer estante empezando por abajo (ese que está encima de las verdurashabía cuatro vasitos de gelatina de fresa; roja como mis bragas. ¡Vaya 'buenos días'! Nunca antes había tomado café y gelatina a las ocho de la mañana, pero después de ti creo que nada más malo me puede pasar, ¿Verdad?
Después nos volvimos a encontrar en un bar...Ya. Ya sé que sabes que yo no bebo. Pero estabas ahí, dentro de la jarra de cerveza que llenaba el camarero delante de mi... Y te eché de menos. Era como tener sed y no saber beber a gallo. ¡No entendía nada! No soy de cerveza, no soy de hombres como tú, ni de flores, ni de miedos...y mírame; Bebiendo como si lo hiciese cada día mientras recuerdo tus manos, pienso en que este tanga de encaje azul aún no te conoce y noto como la Atazagorafobia me rompe el cuello en el momento que me giro esperando verte entrando por la puerta del bar y...

Vaya. No eres tú.

Con todo esto quiero llegar a contar que, en esencia, echar de menos no es algo que podamos controlar. Porque yo no quiero echarte de menos. De verdad. Odio hacerlo. Pero Hacendado y sus gelatinas y los Cien Montaditos con sus cervezas a un euro me hacen caer en la tentación de sonrojarme al recordar tu sucia sonrisa entre mis piernas. Y es que joder, eres como todas las cosas buenas de mi vida; estás ahí para mi y sé que te acabarás como la mejor de las promociones. Te agotarás, no estarás en STOCK, ni te fabricarán los chinos en una copia igual de sabrosa pero muy diferente... ¡Nada! Será lamerte, te desharás en mi boca y al día siguiente te irás tan lejos que mi metro setenta no podrá llegar de una zancada a tu sueño en esas noches que ni puedes ni quieres dormir. Tu presencia, en resumen, será como esa camarera que ofrece canapés el día de la inauguración del garito; toda sonriente, emperifollada,.. Y al día siguiente, cuando te pasas a las ocho de la mañana y quieres tomarte tu café, ella estará sin peinar, con ojeras y te servirá el cortado de muy mala gana. Sin darte siquiera la chocolatina de cortesía.
Pero lo peor de todo no es eso. Te lo juro. Lo peor de todo es que soy consciente y, a pesar de ello, sigo iPhone en mano intentando comprar un billete para ir a verte. Sigo sufriendo porque no sé usar la puta aplicación de Renfe y porque sé que no debería volver a verte—bueno, verte sí; dejar que me folles...eso es lo que no debería—y aún así lo voy a hacer. Voy a dejar que mis ganas galopen sobre ti hasta cansarse y dejarme en la puerta de mi casa, decidiendo si entrar o quedarme escuchando alguna ridícula canción de tres minutos que me haga olvidar el hecho de que he vuelto a jugar con tu alma, apostando la mía...  



Supongo que así son las cosas fáciles y sin complicaciones: Que te encantan y justo antes de llegar a ese punto de aborrecerte cogen, y desaparecen. Hace mucho tiempo que esperaba vivir algo así para ver cómo se sentía ser para alguien sólo cuando a ese alguien le apetece ser para ti, pero nunca sospeché que me acabaría gustando este estilo de vida. O de no-vida. O qué coño sé yo... La única verdad absoluta que defendería a muerte ante el mismísimo Descartes es la de que estar sola es un poco más fácil cuando alguien viene a compartir su soledad contigo, aunque el secreto del éxito de una conexión así reside en que los integrantes sólo se pueden rozar con el dedo corazón... Y eso ya nos complica la aventura.

Necios...

Hoy, a las 11:34 a.m., en este caluroso 10 de Julio del 2013, he llegado a una conclusión: Los humanos hemos asesinado el infinito. Y con ello nos hemos anclado los tobillos al paso del tiempo. Inventando las horas, los días, los meses, los años... Limitándonos así a una medida y, ¿Para qué? Nos hemos fallado. Porque si lo pensamos sin tiempo no seríamos ni viejos, ni jóvenes. Ni 'se nos pasaría el arroz', ni sería jamás 'demasiado pronto'. Seríamos simplemente 'personas' si no nos hubiésemos auto mutilado de esta manera.
¿Quién necesita tiempo? ¿A quién le gusta llegar tarde? ¿Realmente alguien ama esperar? Yo, desde luego, no. Pero a dónde quiero llegar es a hablar sobre la sangría que hemos montado con 'el infinito'; ¿Qué nos habrá hecho para acabar así? Encerrado bajo una tapa de cristal que no se raya y apuntado eternamente por tres varillas, callando sus gritos de socorro bajo un molesto y caótico tic-tac... ¡Ay, lo que daría yo por ser infinita! Por no esperar a las 7:30 para poder comerte la boca, ni saber que en poco tiempo vas a desaparecer...

¡Como si no fuese suficiente el Amor como para encima inventar el Tiempo!

Miradas y arrugas.

Subir al autobús, y ver como dos amigas de unos 70 años se despiden. Una sube, la otra se queda en la parada. Y en el instante ese en el que cierra la puerta y la señora camina hasta su asiento, yo observaba a su amiga; ésta no quitaba la mirada de su compañera, una mirada que partía el corazón porque susurraba a gritos un 'mírame'. Una despedida más...

La viejecita no dejó de mirar hasta que la otra le sonrió y se despidió con un leve meneo de mano. Y ahora yo me pregunto: ¿Cuánto de importantes son las despedidas? ¿Se espera más de ellas cuanto más has vivido? ¿Con los años duelen más?... No lo sé, sólo os puedo decir que esa mirada me ha roto por dentro y me ha dejado aquí; con mi vestido, mis tacones, mi carmín de Dior y sin nadie que me mire gritando con los ojos un 'que se gire, por favor, por favor, que me mire una vez más...'