A pesar de que tus resacas sean mucho más nostálgicas y bonitas que yo, tengo quedecirte una cosa...


Bukowski no lo escribiría así; él diría que tuvimos un mal día, un mal polvo y mucha mierda encima.
Nos llamaría 'gilipollas' y resumiría nuestras vidas en 'tristezas patológicas'. Igual hasta nos daría dos hostias, aunque dudo mucho que dejase que su vaso de whisky se derramara por semejantes idiotas. Qué va. Simplemente  se quedaría mirando cómo follamos y al acabar se encendería su cigarro apagado horas antes contra la suela de la zapatilla. Y reiría. ¡Oh, no te imaginas cuánto reiría! Y después, sin decir nada más—sólo toser, toser mucho—cogería su máquina de escribir y teclearía mientras nosotros le miramos sin entender nada. 

Al acabar, nos tiraría un amarillento folio manchado de café sobre una de las camas y marcharía de esa habitación, no sin antes levantar mis bragas rojas del suelo y dármelas con una sonrisa de cerdo pintada en su deteriorada cara. 'Hijo de puta', susurro, mientras las cojo y veo como se aleja cerrando la puerta tras de sí. 

Y nos quedamos solos en esa habitación. ¿Te acuerdas de ella, no? Qué mierda de habitación era. Joder, ¿Recuerdas? En realidad no sé ni por qué me metí ahí contigo. ¡Contigo! Igual me creí mi 'no puedo', claro... 'No puedo, no debo pero Dios cómo me pones.' Esa era la triste verdad.

En fin.

Cogí el papel. ¡Vaya tú! Resulta que ahora él era nuestro factótum, tú la máquina de follar y yo esa mujer que no se sabía bien si era modelo o prostituta...


 'Hijo de puta', volví a susurrar. Qué menos:



<< 'EL POLVO MÁS TRISTE DEL MUNDO' Charles Bukowski 
No os engañéis por el título y su sentido irónico; a veces las cosas buenas no tienen por qué hacernos felices. A veces tan sólo nos hacen olvidar que no lo somos.
Esta fue una de esas cosas. Bueno, más que cosas, fue uno de esos polvos. De los 'sin querer' que ambos quieren y que sólo pasan si uno de los dos deja de hacer el gilipollas por un momento y decide que si algo no tiene que pasar no se mete en tu habitación ni se tumba a tu lado en la cama.

 Ni te sonríe, ni lleva lencería, ni te la pone dura...

Y claro; pasa. No como ninguno de los dos esperaba—porque lo esperaban, yo sé que lo hacían, pero pasa y me toca a mi ver el desastre que montan dos auténticos gilipollas en unos minutos. Hay que joderse. Joderse y escribir, porque al fin y al cabo en esta habitación que huele a sexo, desodorante y tabaco se han juntado un par de historias que nada tenían que ver. Aparentemente. Porque los desgraciados trajeron consigo más que sólo ganas: Él era de los que hablaban de amor pero sólo sabía follar, y ella follaba para desaprender a amar. Y así, amigos; así se entendían. Aún sin saberlo. Y como no lo sabían tampoco pudieron satisfacerse, ¿Sabéis? Y no hay nada más triste que eso, ni siquiera sus soledades.

Vaya lío, ¿Eh? Lo que quiero decir es que realmente no estuvo bien lo que hicieron. No estuvo bien en sí, la mierda emocional, moral y todo eso me la suda. No estuvo bien porque ella se moría de ganas por limpiarle esa gota de semen con el dedo corazón y chupárselo mientras él la mira, y no lo hizo. Él tampoco estuvo aplicado, ¡Nada aplicado! Aún estoy intentando imaginar qué pasaba por su cabeza para que no se la follase de todas la formas posibles, ni por qué estúpida razón no le dejó una marca de dientes en esa nalga blanca... Yo lo hubiese hecho. 

Creo que muchas veces las personas pensamos demasiado. O no lo suficiente. Y como estos dos a parte de ser unos miserables también son personas pues ahí está la respuesta: La una tuvo miedo; miedo de que él pensase 'algo' de ella—las mujeres son así, dejadlas. ¿Y él? Él creo que simplemente tuvo prisa y no pensó lo suficiente en qué estaba pasando—así somos los hombres, es meterla y nos da igual que de fondo estén Los Simpson o una ópera de Vivaldi

Porque, al fin y al cabo, ¿Qué demonios saca un hombre de pensar?, sólo problemas.

No sé, quizá ya soy demasiado viejo, borracho y loco como para juzgarles. Después de todo no han hecho nada más que follar. Da igual la manera. Pero sí hay algo que me gustaría decirles a ellos y a vosotros: Necesítense. Ni amen, ni odien, ni recen. Sólo necesítense como perros y satisfagan ese impulso; follen aunque esté mal y, lo más importante: aprendan a no pensar mientras lo hacen.>>
...



Ahora es cuando vuelvo a la realidad y me encuentro hundida en este mugroso asiento del autobús, maldiciéndome por no haberte lamido lo suficiente; por no haberme quedado esta noche contigo para besarte la espalda mientras te duermes... Porque lo necesitaba. Necesitaba ser esa perra que te lame las heridas que ni tú mismo te ves. ¿Y sabes por qué? Porque un viejo verde me enseñó que las llagas de nuestro corazón sólo las podemos sanar si logramos enmendar el dolor ajeno, aunque sólo sea por unas horas.

'Autodidactismo emocional'. Si no existía, lo acabo de inventar.



Hoy. 5 mar 01:19 a.m.



-Borradores-


Tic-tac-tú... Siempre dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar, pero yo aún no estoy en tu cama. 

Ay,.. Supongo que será el karma, o es que en el tren ya no quedaban sitios para mi, o tal vez estos kilómetros se han enredado en mis tobillos... No sé. Pero sea como sea qué más dará llorar a estas alturas, si sólo me pueden abrazar las nubes.


...


Mejor me tomo un café, retomo la monotonía y vuelvo a aquel remoto vicio de espiar de forma descarada a los que, como yo, no tienen nada mejor que hacer que comprar tiempo en taza por 1,80 euros en este bar situado en el mejor tramo del paseo marítimo.

'El lobo marino'. Muy ecléctico, ¿eh? Llevo sentándome en este viejo rincón desde hace diez años y me sigue gustando tanto o más que el primer día que pisé el chirriante escalón de la entrada enfundada en mis chanclas con calcetines—sí, yo también he sido guiri—. Me acuerdo de que aquí la Coca-Cola siempre estaba más rica, y que a pesar de lo mal que olía el baño de señoras yo tenía que visitarlo al menos una vez en cada ocasión. Todo por verme reflejada en aquel espejo oscurecido por los bordes; enmarcado por un marco ostentosamente dorado y colgado sobre ese papel de pared con flores rosas ligeramente arrugadas en las zonas donde la vieja humedad quería hacerse un hueco entre todo ese arte decorativo.
Me encantaba, y aunque mi madre chillase enloquecida para que no tocase nada, yo me sentía como una princesa pirata que meaba en el wáter más lujoso del reino; acicalándose después reflejada en un viejo espejo tras el cual seguramente había escondido un mapa del tesoro que yo nunca pude hacer mío porque mi Señora Madre decía que todo estaba 'lleno de mierda'.

Sí, yo era así.

Y ahora también lo soy, aunque he cambiado la Coca-Cola por el ron y la última vez que pisé ese sucio baño era para echar un polvo. Pero la esencia sigue siendo la misma, y la cabeza del lobo marino situada en el tejado del bar sigue sonriéndome de forma pícara cada vez que me divisa, dispuesta a tomar tiempo en cantidades industriales mientras le cuento al viejo camarero quién es el afortunado bribón que en esta ocasión ha osado robarme las bragas...

Hoy, curiosamente, venía a eso. Pero al ver que Josep estaba demasiado ocupado sirviendo a los ingleses de las otras dos mesitas, he decidido contaros mi historia a vosotros:

Veréis, mi problema comenzó en 1997. Cuando tenía cuatro años, cambié 'La Sirenita' por 'Titanic' y le dije a mi madre que el amor es lo que te hunde, no lo que te saca del agua. Desde entonces, he ido dando pequeños pasos hacia lo que yo llamaría mi 'hecatombe sentimental'. Y todo iba rápido: A los siete años lo que más me gustaba eran las Barbies y a los catorce ya aprendí para qué servía una polla.
Ya veis; el mundo no me dejaba tiempo para la improvisación y a esas edades yo lo único que sabía hacer era vivir... Aparentemente.Y digo eso porque si a los cuatro me enamoré de DiCaprio, a los siete de Ken y a los catorce de un hijo de puta es que algún factor había ahí; haciendo que mi pequeño, frágil e inexperto corazón desease bombear a mil por hora mientras yo buscaba amor en cada bragueta del tesoro...

Ay, seguro que leyendo esto no podéis sacar otra conclusión distinta a la de que soy una zorra de nacimiento. Que es verdad, pero creo que esa virtud/maldición me ha hecho plantearme más de una hipótesis sobre la vida que sin ser yo tan zorra—ni vosotros los hombres tan cabrones— podría haber hallado.

Por ejemplo:

Hipótesis #1- No es oro todo lo que reluce, ni paquete todo lo que marca ese pantalón.

U otra:

Hipótesis #2- Las tetas no dan la felicidad —De hecho, tener pocas me ha salvado de más de un apuro ahorrando movimientos bruscos gracias a no llevar sujetador—.

Y ésta, mi favorita:

Hipótesis #3- Un caballero debe saber que, en el amor, la dama se corre primera.

Ésta última la pongo en duda y a su vez la respaldo por dos cosas: Lo malo de las mujeres es que no siempre/casi nunca nos enamoramos de caballeros. Y la después porque hay caballeros que sin necesidad de amor te hacen sentir Reina. Creedme, sobre todo en eso último. Porque lo segundo más importante que quería comentarle a Josep (ahora entretenido con 'el clásico', dando golpes en la barra mientras murmura algo sobre un tal Valdés) era que estaba cansada de ser la pelandusca del puerto y ahora estaba tras la pista de uno de esos 'caballeros'...

El caso es que—a pesar de no ser de las que busquen— el otro día me iluminó la idea de que quizá no encontré al hombre 'ideal'—si es que eso existe— porque estoy demasiado anclada a mis héroes literarios; a esa idea de 'caballero andante', o como mínimo un príncipe con tres castillos en el extranjero y que sepa leer. No sé, tampoco es que pida mucho, pero me hice una lista mental algo (bastante) extensa y con ella venía a llorarle a Josep, que es mi caballero andante de sesenta años y seguramente sabrá salvarme de esta torre a la que he escalado yo solita con mi consolador rosa y mis libros bajo el brazo.

Ay. La de cerdadas que hago en mi torre... Pero me temo que hoy no me voy a meter en detalles porque creo que la señora de la mesa de detrás está leyendo descaradamente todo lo que tecleo en el iPad, como si de una novela latinoamericana se tratase.

Mamasita, ¿¡Qué pasó con la mujer que sho era antes!? 

La que de mayor sólo quería ser pirata, prometiéndome a mi misma que la paga que guardaba en un bote bajo mi cama la gastaría para comprarme un loro y, ¿Qué hice? Ir a verle. Y comprar condones.

¡En fin!

Volviendo al tema y si habéis llegado hasta aquí, os voy a dejar uno de los puntos clave de mi 'Lista de Requisitos Indispensables en el Amante Ideal'. Luego lo comentamos. Allá va:


Punto VI. EL AMANTE IDEAL DEBE SER CULTO.



Debe denotar interés en las conversaciones sobre literatura (ya sea clásica, moderna o una absoluta basura). Ver la cultura en sí como un buen punto de apoyo, sobre todo cuando necesitas soportar las embestidas y no tienes nada más a mano que una estantería llena de novelas y clásicos. Entre los cuales no es necesario un tomo de 'Romeo y Julieta', pero sí sumarán puntos pequeños imprescindibles como Bukowski, Bécquer y un par de perlas más como, por ejemplo, 'Crimen y Castigo' o 'El Conde de Montecristo'...


Juntadlo todo, y decidme si alguna vez vuestros orgasmos supieron a algo que se pareciese a esa mezcla de ron barato con polvo se ceniza en el fondo del vaso. A amor carnal; de ese que nos hace morir de sed cada vez que esa persona traga saliva. A pecado, a traición, a desprecio. A pasión, a credo, a divinidad...

Joder. Vale.

No es tan importante que os cite más requisitos recogidos en mi lista, porque supongo que vosotras ya tendréis la vuestra —y  porque estoy notando su aliento en mi desnuda nuca, señora—pero lo que sí me gustaría comentar antes de pedir la cuenta y volver al mundo real es algo que he aprendido mientras os contaba todo este marrón: Las mujeres somos unas completas idiotas.
Sí, porque fijaros en cuánto nos complicamos algunas; en cuánta importancia le damos al dolor y al amor, en cuánto estamos dispuestas a perder a cambio de un poco de cuento, a pesar de que sabemos con antelación que las perdices nos tocará cocinarlas a nosotras, y que lo más probable es que nuestro príncipe llegue tarde y acabemos comiéndolas solas.

Tristemente felices y solas. 

Porque así es nuestra naturaleza, aunque luchemos contra ella y nos digamos cada día que estamos más guapas sin hombres que nos pongan ese molesto mechón de pelo detrás de la oreja. Aunque creamos que podemos ser sin ellos, que podemos, ¡Claro!, pero venir a un bar y pedir un Martin Miller porque sabes que él llegará de un momento a otro y al besarle le sorprenderás con su sabor favorito no es lo mismo que venir y pedirte un ron cualquiera porque lo único que te apetece es quemarte la garganta para no volver a gemir su nombre nunca más.

No. 

Nunca será igual esperar una sonrisa que un olvido, por eso nos damos cuenta—mientras cocinamos nuestras perdices—de que nos vale con que simplemente nos amen y follen bien, porque entendernos no nos entendemos ni nosotras, siendo sinceras.

Siempre estaremos buscando 'algo más', aunque probablemente ya lo tengamos todo. Siempre que echemos un polvo pensaremos que pudo ser mejor, que pudimos chupar un poquito menos o gemir algo más fuerte. Siempre. Pero no por eso debemos obsesionarnos; necesitamos aprender a ser mujeres. Y no hay mejor forma de hacerlo que asimilando el hecho de que el Mundo y los hombres son mucho más sencillos que nosotras.

— ¿Verdad, señora?

DECEPCIÓN s. f. Pesar causado por un desengaño o una desilusión.

 Yo sí que os voy a hablar de decepciones...

Decepciones de verdad, como la que acabo de sufrir ahora, mientras escribo e intento comer cereales con fruta. Odio la fruta deshidratada. La odio mucho. Pero me encantan estos cereales que comía sin dejar de mirar a la pantalla, y entonces ahí se me cayó el alma al suelo: Me comí un trozo de mango deshidratado. ¡Qué decepción! Más que asco, os lo juro. Empecé a cambiar de cara y encima no pude escupirlo porque tengo a mi madre al lado. ¡Oh, joder! Doble decepción al tener que tragarme este mango deshidratado y asquerosamente dulce. Ogg. Menos mal que ya pasó y pude tomar un gran trago de café amargo. Eso lo cura todo. Prometido.

Otra decepción que también me pasa a menudo es la de las gafas de Sol, ¿Sabéis de qué os hablo? De cuando sales de trabajar, tus ojos escuecen por culpa del rimmel y el cansancio. Llevas un bolso grande. Vale. Primera decepción al tener que pararte, apoyarlo sobre tu rodilla—quedando así en una postura nada provocativa—y rebuscar en cual pajar para encontrar el estuche de las gafas. Uf, por fin. Después de sudar a gota gorda y decepcionarte porque ahora notas como el sudor baja por tu espalda, retomas tu paseíto sexy mientras te dispones a abrir el estuche de las gafas, esperando ocultar tras ellas tus días de mierda y... ¡Sorpresa! Tus cristales blindados contra el mundo se quedaron en otro bolso. Decepción. Decepción es eso.

 Decepción es querer, poder y no deber hacer algo. Decepción son las aceitunas que creíste sin hueso. Decepción, también, son las toallas que cojes para secarte y resulta que aún están mojadas de la vez anterior. Además de terriblemente mojadas y apestosas; frías. Doble decepción.

Decepción es que te baje la regla antes de un concierto. Decepción es no poder saltar al ritmo de la música hasta que se te caigan las bragas, porque igual te desangras y mueres. Decepción es no llegar al orgasmo,  o que no se abran las palomitas en el microondas. Decepción es correr hasta el autobús y que se largue cuando ya le ves la cara al hijoputa del conductor. 

Decepción, decepción y más decepción.

Igual algún día me levanto y lo primero que hago es decepcionarme. Aunque, ¡Esperad! Ya me ha pasado, claro. Me levanté y comprobé que el alcohol evoluciona en resaca. Sobre todo el tequila. Uf, qué resaca. Y lo peor es que le dije que le quería. ¡Al tequila no! Pero ojalá se lo hubiera dicho al tequila. O al limón. O al bote de sal. Pfff... Decepcionante. Por eso me levanto y miro el móvil a pesar del dolor de cabeza y... ¡Más sorpresa! Ni un mensaje. Ni un WhatsApp de esos. NA-DA. ¡Y le dije que le quería! Soy una decepción decepcionada y resacosa, viva la redundancia. 

 Decepción es estar poniéndote tus medias favoritas y al llegar al final rajarlas con la uña. Decepción es no encontrar bragas de follar justo cuando sabes que vas a follar. Decepción es no follar cuando pensabas que ibas a follar. Decepción es follar y que no resulte ser como pensabas.

La decepción en sí es eso; una decepción.