Porque las peores guerras son las del corazón...

Ahora que escapo del caos de la oficina y tengo un macchiato ante mi creo que puedo dedicar un rato a contaros mi locura de sueño. Algunos me habéis comentado que igual lo he vivido en una vida pasada, amigas que me habéis dicho que me hace falta un buen polvo para dejar de soñar con similares mariconadas... Ay, no sé. Pero en mis sueños los soldados son unos pervertidos, con cuerpos esculpidos y llevan botas de Panama Jack,.. ¿Y qué? Al fin y al cabo lo que cuenta es el amor. Y en esta historia hay mucho, muchísimo amor. De ese que duele y te hace feliz a la vez y no sabes qué coño te hace en el cuerpo pero te encanta...

En fin. Aquí os dejo mi pequeño sueño. Sin nombres, para que los pongáis vosotros. Sin lugar en el mundo, para que vosotros situéis... Espero que os guste y que algún día ese soldado vuelva y me invite, como mínimo, a un café.

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Era el típico alto de mandíbula ancha, de camisetas inmaculadas y perfiladas sobre su cuerpo musculoso (ese tipo de cuerpos que entre las amigas denominábamos 'cuerpo croissant') ¿Para qué tanto brazo? ¿Por qué ese pecho? Ay!... Si solo hubiese sospechado lo ingenua que estaba siendo mientras convertía mi rojo carmín en una sonrisa y susurraba con las chicas críticas estúpidas sobre aquel soldado.

Mi madre ya me habló de las visitas del batallón al pueblo universitario y cual era el fin de dichas: '...darles la última alegría a los chicos', terminaba la frase mi padre. Él conoció a su mujer en una de esas 'alegrías' y ya los veis, veintiún años después y superando una segunda guerra. Aunque esta vez juntos; sin cartas con olor a pólvora de por medio ni gotas de sangre y sudor que firmasen por mi padre...

Mi alma poética hace que todo suene tan bonito, sí. Pero yo no quiero esa mierda para mi; no quiero llorar cada vez que el informador pase por el pueblo a contar las bajas, ni quiero leer cómo me esconde su sufrimiento mediante un 'esto no está tan mal como crees, princesa' en sus cartas escritas entre sirena y bombardeo.
Y así de decidida estaba. Me daba igual la presencia del batallón y ese soldado y las intenciones que guardaban sus notas bajo mi puerta y esas rosas amarillas que me dejaba atadas con uno de mis lazos de pelo a la bisagra de la puerta. ¿Cómo será que sabía que esas eran mis flores favoritas? ¿Cómo conseguía robarme los lazos? 'Soldados...' resoplaba cada vez que volvía a mi cuarto, molesta por las risitas de mis estúpidas y adorables compañeras.

'Hoy es la última noche, y ya se largan' pensaba, mientras daba un giro de llave y abría la alcoba. Y entonces, aparece él. ¿Qué coño hace aquí? La entrada a la zona femenina estaba restringida a varones y ahí estaba, todo sudoroso y agotado por la evidente carrera que había tenido que hacer para llegar antes del toque de queda. ¿Qué quería, mirándome así?
Y de repente lo supe. Cogió mi mano libre y sacó la llave de la cerradura. Me giró en un movimiento rápido y me metió en mi cuarto dando un portazo. Dejándome confusa entre su pecho y mi puerta, tras la cual oía apelotonarse estudiantes cotillas con sus típicas risitas y cuchicheos.

¿Qué estaba pasando?

— Perdone...
— ¿¡Pero se puede saber QUÉ estás haciendo!? Voy a llamar a la orientadora. Tendré problemas por tu culpa...

Le dirigí mi mayor mirada de desprecio e intenté darle un empujón. Inútil, por cierto. Nada podían hacer mis 50 kg contra esos brazos.... Esos brazos.

— No intento asustarla, sólo seguí el lazo de su vestido. Y éste me trajo hasta aquí.

Claro, ahora la culpa de que sea un soldado descarado se halla en mi nuevo vestido azul...

— Me gustaría que te fueras. —susurré casi sin voz y en un tono de mentira que me sorprendió a mi misma.
— A mi me gustaría irme, pero no puedo.

Su voz sonaba baja y grave, como llena de rabia y desesperación. Pero no me asustaba; estaba segura ahí, entre su pecho y la madera de la puerta. No querría estar en otro lugar, me gustaban las vistas: Ojos verdes, mechón rubio que se escapaba de debajo de esa boina, camiseta blanca, vaqueros y unos Panama Jack.
No entiendo nada; nunca me gustaron los rubios, ni los musculosos, ni que me arrollaran y se colaran en mi habitación de estudiante sin permiso alguno y sin aviso (para que al menos pueda hacer la cama y doblar la ropa esparcida por el suelo. Vaya 'señorita' estoy hecha...)

Le miré a los ojos una vez más, y comprendí que cada segundo de nuestro silencio le hacía sentirse más incomodo. Estaba tenso. Y entonces se apartó de golpe y se puso a dar pasos por la estancia.

— Me hacéis sentir que aquí está mi guerra. ¡Traicionaría a la patria por usted y lucharía hundido en las trincheras de sus blancas piernas hasta perder la vida en cualquiera de esas sonrisas suyas! Ha apuntado justo al corazón con su desprecio, ¡Míreme! —me chilló y cogió mi barbilla para que yo alzase mis asustados ojos del suelo. No estaba entendiendo nada.— Estoy rendido, con la tela blanca como bandera y mi última esperanza retumbando en estas cuatro paredes. Sé que me arriesgo a una bofetada, y que seguramente esa me duela más que cualquier bala. Pero ampáreme esta noche. Deje que este cuerpo lleno de miedos se duerma en su cama tras aprender que no todas las ansias de poder acaban en muertes; quiero hacerme con su cuerpo, y por él hoy le entrego mi corazón.

¿QUÉ? Este hombre había mascado demasiado tabaco y deliraba hasta por las orejas. ¿Qué le hice yo? No respondí a ninguna de sus notas citándome en el parque, ni guardé sus rosas... Bueno, miento. La que me llegó esta noche junto a una nota aún la tenía entre manos y... ¡Auch! La única espina en toda la rosa y va y se clava en mi dedo.

Estoy sangrando, y la sangre me marea y...

Cuando recobro el sentido estoy tumbada sobre mi cama, con el dedo curado y el hombre-pánico mirándome apoyado sobre el tocador. Me observaba divertido, pero la preocupación no se había esfumado aún de su bonita cara; vino con ella y me da por pensar que no se irá sin que yo cure su pena, al igual que él ha hecho ahora con mi dedo corazón...

— ¿Puedo sentarme?

Pregunta, señalando una de las esquinas de mi cama. Asiento con la cabeza, ¿Qué le pasa? No muerdo, ni soy contagiosa...

— No entiendo qué he podido hacer para que estés tan enfadado conmigo...
— No es enfado lo que tengo contra usted; estoy atado. Enredado en cada uno de sus rizos... Por eso le robaba los lazos, con la esperanza de salvarme la vida. Pero era inútil, su olor no hacía más que apretar la soga...
— ¿Y qué quieres ahora? ¿Te echo? Puedo gritarte improperios, igual si piensas que soy una maleducada dejas de ahogarte en tu 'obsesión' por mis lazos de pelo.

Ríe. Bien, no entiendo por qué eso me llena el pecho de paz...

— ¿Puedo hacerle una proposición?
— ¿Está en mi poder rechazarla o aceptarla?
— Siempre, no lo dude.
— ¡Dispara!

Sus ojos me miraron sorprendidos. ¡Claro, es un soldado! Y se va a la guerra al amanecer. Estúpida, lo cierto es que en ocasiones soy una estúpida.

— Perdona... Dime, ¿de qué se trata?
Se relajó, y ahora sonríe. Uff... No la pifié del todo.

— Quiero hacerle el amor esta noche.
— ¿P..perdona?
— Sé que usted no es como las demás señoritas del complejo, pero precisamente por eso la deseo. Me gustaría marcharme con las ojeras como insignias de victoria por recorrer durante toda la noche su cuerpo de Norte a Sur, quiero su olor impregnado en mis poros como escudo ante cualquier ataque.
— Eres un...
Soldado. No sé de protocolos ni de cómo tratar a una señorita de su calibre. Pero sé montar y desmontar un rifle, así que supuse que esas habilidades me servirían con usted.

Evitar mi sonrisa sería imposible. Y ahí estoy, ridículamente despeinada después de mi desmayo, con un dedo vendado y ese maldito-guapo-descarado sentado en frente de mi. A un metro pero tan cerca... Podría besarle, pero ni siquiera sé su nombre. Ni quiero saberlo. No quiero sufrir una guerra que me parta el corazón por vivir esperando cartas manchadas de pólvora... ¡NO!

— Debes marcharte. —sollozo. No entiendo estas lágrimas. No me entiendo...
— Señorita, por favor...
— ¡Que te marches!—no pude gritar más, no quería meterle en problemas. Sólo quería que se fuese...
— Está bien. Pero dejo mi corazón debajo de su almohada. Sé que estará mejor entre su magullado dedo y sus sábanas que en el frío cruel de una guerra. Tenga buenas noches.

Se levantó, y enseguida noté como el colchón volvía a su forma y me hacía notar el vacío que el peso de él dejaba. No quería que se marchase. ¿Por qué? ¿Tenía tiempo para averiguarlo? Definitivamente, no. Eran algo menos de las doce y el batallón marchaba al amanecer. Debía detenerlo, o mi vida se iría con él.

— ¡Espera!

Me levanté de un salto torpe, y me paré justo detrás de su gran espalda que ahora se movía bruscamente por su respiración de alivio. ¿Qué estoy haciendo? 'Salvándole' pensé. Pero no, me estaba salvando de un arrepentimiento eterno. Estaba siendo egoísta...

Apoyé mis pequeñas manos sobre esos inmensos hombros que estaban a la altura de mis ojos. Los perfilé, y creo que hasta dejé algo se sangre en su camiseta porque la venda no estaba bien apretada. Seguramente tuvo miedo de hacerme daño. Claro, él no lo haría.
Se giró lento, y cuando sus verdes ojos ya apuntaban a los míos con la eficacia de un francotirador; me rendí. Dejé escapar un gemido leve cuando su mano se coló entre mi pelo y el cuello y noté como todo mi cuerpo empezó a temblar al hundirse su cara en mi; sus lagrimas cayeron sobre mis clavículas como frías punzadas de dolor... Nos acabábamos de conocer, pero el ambiente dejaba en mi paladar el amargo sabor de una despedida.

— Todo está bien. Estoy aquí; quédate conmigo. Durmamos, hablemos,... Lo que desees. Pero no esto... — '...no me hagas sufrir más'. No pude echarle la culpa. Él simplemente ha venido buscando cariño y yo no soy quién para hacerle daño; bastante sufrirá. Yo no quiero ser su guerra.

Entonces, sus manos me sacaron de mi compasión y me arrancaron del suelo para encerrarme entre sus brazos. Nunca antes había besado a un desconocido, pero me gustó. De hecho, creo que le conocí más en ese beso que a todos los capullos que había besado hasta ahora. ¿Qué me ha hecho este hombre? Suya, desde luego que me ha hecho suya.

Era cierto aquello de que sus manos estaban hechas para desmontar armas; me desnudó en cuestión de segundos y ni siquiera me acuerdo en qué momento y cómo acabó el vestido sobre mi tocador y mi culo contra la fría pared de gotelé. Pero él sabía lo que hacía, y Dios... Qué bien lo hacía.
No sé cuantas horas anduvo perdido entre mis piernas, y la verdad es que no me paré a contarlas entre orgasmo, gemido y aliento. Sólo me acuerdo de que, cuando la luz de los primeros rayos del Sol empezó a romper nuestras ilusiones, su cara cambió. Estaba tumbado sobre mi pecho, con sus manos ancladas a mi cintura y el ceño fruncido porque sabía que ya no habría nota ni rosa que lo dejase una noche más a mi lado. Se tenía que marchar. Y mi impotencia me desbordaba.

— ¿Debes irte ya, tan pronto?...—las preguntas obvias siempre fueron mis favoritas. Como si por formularlas el destino cambiaría de parecer y la respuesta sería de mi agrado. Necia.
— Sí, partimos en tres horas. Y he de ducharme y preparar el equipaje.

Me sonrió. Qué falsa sonrisa y qué mal actor resultó ser. Me encantaba. Y no podía dejarlo marchar tan rápido...

— Dúchate conmigo. Mi cuarto de baño es pequeño, pero sospecho que estarás mejor cuidado conmigo que en las duchas comunes de los soldados.
— No guardo objeción alguna, señorita.

Se levantó, no sin antes besarme el hueco que dejaba la unión de mis clavículas y entonces es cuando noté el error que había cometido: su peso desapareció, y no fue alivio lo que sentí. Igual desaparecería él dentro de un momento, y el vacío que dejará en mi será de 1,89...Demasiado para mi metro-setenta.

Me sequé las lágrimas con la sábana y me dirigí al baño tras él con la esperanza de que no notase mi tristeza.

...  

El agua caliente caía sobre nosotros sin quemarnos la piel, seguramente porque ésta ya se acostumbró a temperaturas altas después de la noche que habíamos pasado. Sonreí al pensarlo y volví a caer en mi tristeza al momento. 'Se va...'
— No lo piense. Volveré.
— No prometas.
— No lo hago, se lo juro.
— ¿Crees en Dios?
— Ahora mismo solamente creo en usted y en lo que me ha convertido.

Me besó. Y ya no sabía si llorar o esperar a partir de ese justo momento sus cartas de pólvora. Ya no tenía miedos. No me asustaba sufrir ni escribir corriendo la tinta con mis lágrimas. Valía la pena. Y el daño. Él lo valía. Y por él sería cualquier cosa hoy... Si el buscaba valentía, yo sería la suya.

— Mi cuerpo es mi fuerza, y te la regalo. Yo no la necesito. Gana la guerra con ella. Vuelve. Búscame. Quiero que esta noche haya sido un buen motivo para que no te mueras.—tan impulsiva siempre, yo. Pero es sincero: no quiero que muera. ¿Cómo vivir sin su mirada?
Vine aquí muriendo. Me devoraba el miedo de ver caer a mis compañeros y no albergaba esperanzas para el futuro. Ahora ese futuro es usted; sus ojos, su boca, sus piernas.. Todo lo que caminen quiero que me lo escriba; cada moretón, ¡descríbamelo! La curaré en la distancia. La protegeré. Porque si alguien o algo le hace daño yo daré la guerra por perdida. Ahora usted es mi causa, mi anestesia, mi vida.

...


Se puso su chaqueta sin la camisa, que a saber donde demonios estaba. Y se quedó junto a la puerta, abrazado a mi, aun llegando tarde.

No pronunciamos ni una palabra más. Ni supe su nombre, ni él el mío. ¿Para qué? Yo era su Valentía, Esperanza, Ilusión... Su Vida. Y él era el Amor que yo temí encontrar.
Le até uno de mis lazos de pelo a la muñeca con el nudo más fuerte que pude hacer entre lágrimas. Esperaba que esa esposa de seda nos atase el uno al otro a pesar de la distancia. Le esperaba, y aún no se había ido.

Cerré la puerta y escuché sus pasos alejarse tranquilos por el pasillo. Ya no le importaba si le pillaba la orientadora, ¿A qué le podía temer? Era soldado y se iba a la guerra. Y además tenía un lazo lila atado a la muñeca izquierda; era inmortal. Y lo más importante de todo; tenía a quién escribir cartas manchadas de sangre, sudor y pólvora.








Guiones rutinarios Vol. V

<<Voy a estar vigilándote. Y voy a mandarte flores; rosas blancas, concretamente. Cuando te lleguen estarán aún sin abrir, pero cuando por fin separen todos sus pétalos quiero que me recuerdes; que nos recuerdes. Quiero que te toques. Casi como lo hacía yo, aunque los dos sabemos que tus manos jamás podrán igualar a las mías; éstas conocen tu cuerpo mejor que tú misma.

Aún así, cuando lo hagas quiero saberlo.

Quiero que me mandes una foto. No de ti, tonta... ¡Ya sabes que no soy un pervertido! Si no de las rosas, para que así yo sepa lo que estás haciendo.

De esta manera, cuando se marchiten morirán sabiendo que, gracias a su efímera belleza, tú y yo hemos recordado viejos y sucios tiempos.>>


...ya, 'no es un pervertido'.