Campanadas

Hace mucho tiempo que sé de un alcohólico que únicamente deja de beber cuando canta y lo triste de ello es que sólo hoy, el último día del año, me doy cuenta de que su vida es la historia de amor más bonita que conozco.

Confesiones

Para escribir hay que tener algo que decir. Y yo no tengo nada—que decir tampoco—.

Recuerdo que antes tocaba este teclado cuando la canción más triste del reproductor era la banda sonora de mi día a día, que lo tocaba porque había en mi una tristeza plena que tenía que canalizar por algún lado... Y ahora ya no es plena. De hecho, ahora yo ya no soy plena porque juego entre ser extremadamente feliz y herirme con el extremo más triste. Y así, a medias entre el 'Me quiere' y el 'No me quiere', no se puede hacer, ni decir, absolutamente nada.

Diario de un monstruo.

El problema está en que nunca nadie se pregunta por qué razón se esconde el monstruo debajo de la cama. Todos le temen y meten nerviosos sus fríos pies debajo de las sábanas por si al malvado y desconocido monstruo le da por abrazarse a ellos. Sí, abrazarse. Porque quizá él no se meta entre pelusas y calcetines sucios para asustar, ¡Suena estúpido! ¿Quién hace eso? ¿A quién le gusta estar debajo de la cama pudiendo dormir en una? No seáis ridículos... Los monstruos se meten debajo de la cama a llorar.

Y ahora, ¿Quiénes son los monstruos? ¿Alguna vez habéis visto uno? Yo sí.

El otro día me miré en el espejo antes de meterme en la cama y vi que me faltaba el corazón. ¡Normal que me llamasen 'rara'! Tenía un agujero en el pecho del tamaño de un puño. No sangraba, pero era como si hubiese perdido la pieza más importante del puzzle—la cara de la única persona del dibujo, la cima de la Torre Eiffel o la casi-unión de los famosos dedos de Adán y Dios—. Era feo. Así que probé con maquillaje, ropa bonita, probé a bailar un poco pero nada lo disimulaba... Nada lograba hacerme ser 'normal' porque ese hueco que permitía ver en el espejo la pared de flores amarillas que había detrás de mi lo anulaba todo y así las miradas de la gente se iba hacia ahí; hacia lo que había detrás mío y no la sonrisa con la que yo—inútilmente—intentaba suavizar mi pequeño gran defecto.

Así es, os acabo de contar mi secreto; soy un monstruo. Lo supe aquel día que me dio por mirarme en el espejo antes de dormirme pensando que todo está bien mientras nada lo estaba. Y es que es así como un monstruo descubre que lo es; cae en la cuenta de que su rareza es debida a una fatal ausencia emocional. La peor carencia de su vida que se pasará intentando enmendar el resto de sus días entre pelusas y monedas de un céntimo que nadie recuerda haber perdido...

Así pues, de monstruo a mostruo: duerme tranquilo; te besaré la mano si la dejas caída.

Manos.



Él me dijo un día que las manos no le impresionaban. Que sus manos no le impresionaban, y entonces me ofendí. ¿Cómo no iban a hacerlo? Grandes, tan llenas de historias como de cicatrices... De verdad os digo que nunca me entendió cuando yo le decía que con solo pensar en sus manos podía romper a llorar a la vez que morir de placer, no entedía cómo es que sólo un roce podía convertir el mármol en carne. 

Yo sí sabía de su mágia. Pero a pesar de eso decidí dejar de mencionarlas porque notaba que a veces mi corazón dejaba de latir si sus dedos índice y pulgar no le pellizcaban despacito de vez en cuando.




<<Me niego a pedir disculpas por ser una zorra y escribir sobre ello si consigo que una chica en este país no se siente en un cuarto oscuro y diga "quiero morir" mientras la gente le llama puta.>>

Aquí: 

(Sin grandes títulos)

No sé qué tipo de vida sería si no tuviese frío en pleno mes de Julio. No sé que haría sin escribir, con la excusa de calentarme las manos con el calor del portátil. Tampoco sé qué haría sin ti, a pesar de que ya sé que no te tengo...
Supongo que la cuestión es que me niego a aceptar la realidad. Mi realidad. Me niego a ver que realmente estoy un poco sola y despeinada, que ya ni me gustan las mismas cosas que amaba hace un mes y que lo cierto es que pienso muy a menudo que debería mandar mis ganas de hacer el amor de vacaciones. No sé, quizá a Barcelona o a Cancún. A algún lugar de esos que tienen mágia sin ser películas Disney, ¿Sabéis a qué me refiero? Pero nunca lo hago. Es como si me escondiese, pasando siempre por el pasillo de los productos de limpieza, sabiendo que es el menos transitado del supermercado y que ahí siempre huele a limpio; no como en mi alma. Luego compro cruasanes rellenos de chocolate y me los como de vuelta a casa, pensando que 'ojos que no ven, calorías que no existen' y así con todo. Y así contigo. Te muerdo despacito pensando que si esta vez no te quejas no necesitaré más excusas de esas que sigo inventando desde que me conociste sin querer en un bar que ni me gusta, tomando vino que sabía a corcho y con el carmín comido por las palabras. Todo una telenovela, yo sé.




Siete.


<<Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si 
saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta 
cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca
que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida
entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en 
tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu 
boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al 
cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan
entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas 
se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas
la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene 
con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu
pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como
si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de
fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un
breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. 
Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar
contra mí como una luna en el agua.>>

Julio Cortázar.- Rayuela 

II. Porque probar cosas nuevas no siempre es cambiar de postura...

No sé por qué lloro. Lo cierto es que el tipo este me está poniendo de los nervios, pero aun así no entiendo estas lágrimas... Ni entiendo por qué no me ha echado aún, os lo juro. He dicho tantas veces la palabra 'follar' que mi foto debería estar colgada en la entrada para prohibirme el paso, como mínimo. Pero no, este hombre sigue en silencio esperando a que yo le cuente mi trise vida... ¡Cómo si le interesase! Siempre he sabido que la religión es la fuente de la hipocresía, pero de ahí a pasarse horas escuchando a una morena de bote hablar sobre sus mierdas sentimentales... Todos locos.

Cuando por fin logro tranquilizarme y cojo aire para volver a hablar, suenan unos golpes secos y la puertecilla de madera tallada de abre con un leve chirrido. Por ella asoma una viejecita con atuendo de monja y le dice algo al Padre que ni me molesto en escuchar. Me sonríe, y se va. El Padre la sigue, saliendo del 'cajetín' y se disculpa por noséqué de una emergencia...

— Estaré por aquí, no tengo ganas ni intención de volver a casa.
— Está bien, no tardaré demasiado.
— ¿Le puedo pedir un favor, Padre?
— Claro, dime.
— ¿Puedo escribir estando en la Iglesia? Suelo hacerlo cuando estoy mal y...
— Me parece perfecto. Aquí tienes todo el silencio que necesitas.

Me sonríe—ojalá lascivamente—y se va no sin antes ayudarme a salir del confesionario. Le devuelvo la sonrisa y camino sonoramente hacia el banco donde me había sentado al llegar.
¿Creéis que en la Iglesia está permitido odiar? No, ¿Verdad? Lo digo porque tengo la ligera sensación de que las señoras—sobre todo aquella del bolso Tous—va a levantarse de un momento a otro para clavarme las horquillas de su elaborado moño en la sien... ¡Ay, espero que no! Tengo mucho que escribir.

Hace unos meses, me compré en El Corte Inglés esta libreta de apuntes. La verdad es que llevaba años intentado conseguirla a través de cumpleaños pero no había forma; a fin de cuentas la gente sólo regala lo que les gustaría que les regalases tú, como si no supieran qué te gusta... Eso me mata, ¿No se supone que los que te quieren deben saber lo que quieres tú? Hay cosas que jamás entenderé.
Después de rebuscar un largo rato en mi bolso XXL, logro sacar mi Montblanc—regalado por uno de esos tipos que me follaba de vez en cuando, el primer regalo acertado en mi triste vida—y abro la libreta de apuntes por la página del marcador. A veces utilizo esto como diario personal, aunque ya hace años que no sigo uno me gusta apuntar pequeños momentos de los cuales aprendí mucho o quise aprender algo. Lo último que escribí fue hace unos días y dice exactamente esto, os leo:

"Esta es la primera vez que tengo más ganas de conocer a un hombre que de acostarme con él. Pero es que es inevitable si hablamos de éste hombre. Ayer dormimos la siesta en la misma cama, casi desnudos por el sofocante calor de Agosto y, ¿Sabéis qué? Ni me rozó. Ni se excitó. ¡Nada! Se limitó a pasar la hora que me dormí apoyada sobre su hombro leyendo a un tal Cortázar. ¿Qué tendrá ese que no tenga yo? No sé, llegué a pensar que yo no le gustaba...
Al despertar y ver que seguía leyendo, me levanté indignada—y torpe, como siempre, enganchando mi tobillo a la sábana—y me fui orgullosa a mear. Al volver, ¡Sorpresa! Él continuaba enamorado de Rayuela, el título de mi clara y cultural competencia...
Uno de mis más grandes defectos es la falta de paciencia, y así lo hice notar: Le arranqué el dichoso tomo de las manos y lo lancé sobre la mesita de noche. Me quedé con una pierna a cada lado de su cuerpo, mirándole a los ojos—aprovechando para comprobar que no se enfadaba—mientras mi absurda posición a cuatro patas pretendía intimidarle (y ni modo). Me agaché hacia su oreja izquierda y le pedí por favor que me regalase dos sucios minutos. Sonó a lamento, pero, ¿Qué más podía hacer?
 Me levanté—esta vez sin caerme ni tropezar—y me quité las bragas sin dejar de mirarle a los ojos, dejándolas caer sobre la sucia moqueta del motel y volví sobre él, esta vez sentándome sobre su ombligo. Noté su enfado y cómo se sorprendía de lo que estaba pasado; yo tampoco controlaba bien la situación, pero dicen que las mejores cosas no se planean,.. Me pilló por sorpresa su mano sobre mi nuca y un fuerte tirón de pelo me acercó a su boca que entre jadeos de rabia me susurro un 'NO-VOY-A-FOLLARTE' bastante sincero y convincente. Pero yo no me iba a conformar. Me solté bruscamente y le di a entender que no era una elección que él solo podía tomar; éramos dos. Dos personas, dos cuerpos, dos almas. Dos solitarios que pretendían conocerse y lo único que habían hecho hasta ahora era tomar té, pasear entre calles y hablar de literatura, ¡Cómo si eso nos salvase la vida! Necios...

Le dije que si no me iba a follar al menos yo iba a jugar con él un rato, y a pesar de su expresión de aparente disgusto, mi culo notaba que no era la única que comenzaba a divertirse con esto... Y comencé a moverme, a bajar, le miraba a los ojos mientras mis intenciones descendían por su ombligo... '¡PARA!' Sonó rudo y enfadado. Muy enfadado. Me cogió de la cintura y de un rápido movimiento me dejó debajo de su cuerpo, separado del mío por el fino algodón de sus calzoncillos.
'No lo estropees. No me hagas tratarte como todos lo han hecho hasta ahora. Quiero aportar más a tu vida, ¿No te vale mi presencia? ¿A qué juegas?' Ay, vaya idiota... Tendré que contestarle. Tendré que decirle a sus marrones ojos que lo que quiero es saberlo todo de él. ¡Todo! Empezando por la postura que más le gusta, aprovechando para presentarle mi lunar más escondido. Quiero que su polla se hunda en mi, causándome esa sensación de dolor y placer que sólo regalan las despedidas. Quiero conocerle más enfadado incluso de lo que está ahora, quiero que me escupa en la boca para demostrarme que no hay nada que me quite la sed de forma más eficaz que su saliva. Quiero, realmente deseo que me folle hasta cansarse; que me abandone sin decir palabra, pero que al terminar de ducharse vuelva a mi lado oliendo a ese gel de ducha que suelen regalar en los hoteles.

Cuando acabé el sermón me lo quité de encima, me envolví en la sábana que antes casi me hace caer y le di la espalda, esperando que volviese a hundirse en esas páginas que hablan de la sucia agua que pasa por debajo del Pont des Arts. Pero no. Noté su respiración arrepentida sobre mi nuca y le oí decir algo sobre que quererme era muy fácil, pero aprender a hacerme el amor en vez de follarme como muchos habían hecho hasta ahora le iba a costar su tiempo.... 'En mi cabeza ya hemos follado. Ahora mismo, mientras tú hablabas. Quizá doliese más que hacer el amor, pero al final el resultado es el mismo; yo acabo pensando que soy demasiado pequeña y poca para ti, mientras tú vuelves a tus charlas con Cortázar, presumiendo de lo bien que se me da callar y tragar. ¿Ves? No hay diferencia. Lo único que cambia es que, después de hacer el amor, al cruzar la puerta no me olvidas y vuelves a llamarme dentro de tres días para leerme algún poema que has encontrado en tus viejos libros o para decirme que ese lunar que nadie conoce es el más bonito que has visto jamás... Si no quieres tratarme como todos lo han hecho hasta ahora; simplemente no desaparezcas.'

Supongo que con esto esperaba enseñarle a mi 'yo' del futuro que la única diferencia entre amar de verdad y no hacerlo está en volver o abandonarlo todo, en tener razones para querer quedate junto a esa persona y ser libre. Libre por poder decidir que es ahí donde quieres estar y no en cualquier otro sitio que un necio llamaría 'libertad'.

La verdad es que a él le abandoné yo, porque este Montblanc fue un regalo suyo. Un regalo demasiado caro y demasiado acertado que me asustó y me hizo pensar en si realmente mi libertad estaba junto a esa persona; junto a él, que podía darme todo, hasta bolis caros. Yo lo único que tenía que hacer a cambio era esperar a que le apeteciese besarme, esperar alguna caricia y medir cada uno de mis actos para evitar que el mundo supiese que yo duermo la siesta en su cama. ¿Estaba dispuesta a eso? Ya véis que no. Por eso me alejé, decidiendo que quizá me guste gastar tinta de dos mil y pico euros para publicar relatos inútiles en mi inútil blog, pero que también me gusta (y mucho) poder escribir apoyada sobre una espalda que no se altere por el miedo de leer en alguna revista del corazón que yo estuve cenando con su dueño anoche...

I. Probar cosas nuevas no siempre es cambiar de postura...

Las personas más peligrosas son las solitarias. Sé de lo que hablo. Porque hasta me doy miedo a mi misma en ciertas ocasiones. Todo se debe a la rabia; rabia animal, rabia sexual o mera necesidad de que alguien venga y te joda hasta que se te quiten las ganas de joderte a ti misma. Como hoy, por ejemplo. Hoy he caído por un acantilado mientras intentaba matar el tiempo, y lo peor es que me he dado cuenta de que no tengo cojones para levantarme y huir de la escena del crimen. Y, pues, ¿Qué hace una cobarde solitaria cuando le da miedo huir? Escribe. O al menos las cobardes tan solas como yo.

La pega de haber estudiado psicología primaria es saber qué tratamiento necesita un paciente de mis características: 'Evitar el encerramiento y rodearse de personas con ideas positivas'—o gilipollas ingenuos, vaya—. Y lo cierto es que yo no soporto a ese tipo de gilipollas, pero a pesar de eso he decidido hacer 'lo correcto'... Y aquí estoy; en el sitio que más gilipollas reune en todo el planeta: Una Iglesia.
Como soy una superficial de mierda, admito que he elegido la más ostentosa y céntrica de mi pequeña ciudad, mantenida generosamente por los donativos de fachas que se pasan a rezar por La Falange.

Perfecto, pues.

El altar está respaldado por un crucifijo de unos cinco metros de altura, del cual tristemente cuelga una figura de cera que desde pequeña, más que devoción, me provoca lástima. Os lo juro. Le abrazaría si alguien lo bajase de ahí arriba...
La decoración en sí se resume en angelitos con el pene al aire, retoques dorados y vírgenes. Muchas y todas juntas. Después de observar ese el arte eclesiástico me decido a sentar en uno de los chirriantes bancos de la fila central, dejando delante de mi a las señoras con sus mugrientos rosarios y a los vagabundos detrás; ahora mirándome el trasero en vez de rezar... (Qué bien sienta ser la paja y fe de alguien)

La verdad es que odio estar aquí. El olor nauseabundo del incienso y el sudor humano... Y la paz. La paz en mi infierno personal siempre ha significado más guerra, costumbre que me hace estar inquieta entre tanto santo clavando sus cristalinos ojos en mi. Cada vez más nerviosa, diviso con el rabillo del ojo una oscura figura que huele a jabón de Marsella y se sienta a mi lado. Genial. El sacerdote. Habrá que mantener una conversación... O no.
El Padre es un señor de unos 40 años, ligeramente canoso, dudosamente serio y con unas manos muy poco usadas que sólo son marcadas por las prominentes venas—vaya, resulta que me alejo de toda tentación y las ganas de follar vienen a mi llevando cuello clerical—...

— Buenos días, señorita. Te noto preocupada, ¿Has venido a hablar con Dios?

¡Claro, justo a eso! Mi sonrisa cordial desaparece inmediatamente y creo darme cuenta de que el Padre se ha percatado de que no he venido aquí para charlar con el de arriba; llevo puesta una blusa clásica de color azul cielo y es bastante mona, pero es de seda fina y la llevo sin sujetador. Mis vaqueros se han pegado violentamente a mi a causa del calor y la curva de mi culo queda mejor remarcada gracias a eso y a mis tacones. Vamos, que tengo toda la pinta de haberme levantado pronto expresamente para venir 'a rezar'.

— Padre, yo no creo en Dios.
— Todos estamos confundidos a veces, somos humanos...
— No, no, Padre. Yo estoy jodida, y no creo en nada. Se lo juro aunque sea pecado. Ya no creo en nada; ni siquiera en mi.
— ¿Te estás confesando?
— ¿Me ve usted cara de estar haciéndolo?
— Creo que estás perdida, hija. Falta de fe y confianza en...
— ¿En qué?—le interrumpí— ¿En Dios? ¿Qué me ha dado Dios? Mire, si quiere me confieso, ¿Quiere? ¿Se sentirá mejor 'mensajero de Dios'—nótese mi tono irónico—si lo hago?
— Tú te sentirás mejor, lo sé.
— Vale. Pero voy a hablarle como sé. Hoy no tengo protocolos y todo me da igual. Puede echarme si quiere...
— No. Vamos al confesionario.

<<Vayamos, pues.>> Mi mente sucia se imagina una escena de porno eclesiástico mientras espero sentada sobre un taburete de madera tan bajo que, a causa de los tacones, tengo las rodillas a la altura de los pezones, marcando su status quo gracias a ese frío característico de un lugar con las paredes de mármol.

— Ave María Purísima...—me empuja a comenzar.
— ¿'Bendígame, Padre, porque he pecado'? ¿Algo así, no? Siendo sincera; hace más de diez años que no hago 'esto'...
— ¡Está bien, está bien! Cuéntame.
— ¿Todo?
— Todo lo que quieras y necesites. Dios te puede ayudar.
— ¡No creo en Dios! ¡Joder! En serio, Padre... Dios nunca me ha dado nada. Estoy sola. Fin.
— Vale, ¿Y por qué estás aquí?
— Porque estoy jodida.
— ¿Y cuando estás jodida te paseas en tacones por Iglesias?

¡Vaya! Sorpresa. Lo último que me esperaba hoy es encontrarme a un cura con sentido del humor...

— Cuando estoy jodida quiero desaparecer.
— ¿Has pensado en el suicidio? Hija, eso es un gran...
— ¿¡Qué dice usted!? No es que valore mucho mi vida, pero hay mejores formas de morir.

La cara de alivio del hombre fue momentánea, igual le vienen muchas locas con amenazas de cuerdas y cuchillas. Ay, yo no soy tan valiente...

— Me alegro de que pienses así, ¿Qué te atormenta, pues?
— Nada.

Un largo silencio se apodera de la claustrofóbica 'cosa' en la que estamos y sólo se oye a uno de esos vagabundos toser, levantarse y salir, seguramente a vomitar.

— Creo que te estás callando muchas cosas, y eso es lo que te hace daño.
— Padre, ¿Quiere que le sea sincera?—digo en un susurro mientras me miro las manos; mis largos dedos con las uñas pintadas de rojo tiemblan tanto...
— Claro. Estás en un confesionario, ante Dios... Debes serlo.

Suelto aire por la boca para demostrar mi disgusto. ¿Qué dice este de 'ante Dios'? Luego me hablan a mi sobre egocentrismo...

— Está bien, allá voy: Sólo follo con hombres malos, Padre. Sí, soy una zorra. Y, ¿Sabe lo peor? Me encanta, ¡Y siempre quiero más! Aun sabiendo que no debo...
— ¿Amas a alguno de ellos?
— ¿En serio me pregunta eso? No se puede amar a alguien que sólo tiene un corazón y éste ya está ocupado... Es otra cosa.
— ¿Y qué es?
Necesidad. Siento que necesito protegerles entre mis piernas aunque estén obrando mal por mi culpa... Tengo la sensación de que necesitan de mi amparo aun siendo consciente de que no es así. Necesito de su necesidad, ¿Sabe? Yo tampoco lo entiendo.
— El hedonismo suele ser parte de las grandes personas, sólo que algunas aprenden a luchar contra sus malos efectos. Puedo ver que tú no eres mala, hija. Estoy seguro. Pero tienes rabia acumulada, y eso mata...

Hago una pausa, creo que todo esto me sobrepasa... ¿La habré cagado viniendo aquí?

— Padre, ¿Usted sabe lo que es ser abandonado?
— Vivo bajo el amparo de Dios, él no abandona nunca.
— Qué suerte...—gilipollas— Pues verá; a mi me han abandonado. Como a un perro, ¿Sabe? Me han sacado de sus vidas como si ya supiese volar y ni siquiera tengo alas. Yo no quiero ser así, como esas personas. No quiero, ¡Me niego! Por eso cuando logro ser 'la salvación' de un hombre, simplemente me dejo llevar y follar. Tal cual. Tengo mil vacíos que llenar y por alguno se empieza...
— El alma es un vacío en sí. Somos almas y necesitamos un lugar donde poder estar aunque como personas no tengamos asilo. La Iglesia es la casa de las almas. Un albergue emocional, por eso has venido aquí sin saber por qué lo hacías. Has venido sin fe, sin oraciones que ofrecer y aun así Dios te ha abierto sus puertas.
— Veo que no ha entendido nada de lo que le he dicho...
— ¿Perdona?—he conseguido confundir a un cura, mi día empieza a mejorar...
— Dice usted, que Dios me abre sus puertas aunque yo no tenga nada que ofrecerle a cambio. Sólo por ser 'un alma' él me ampara, ¿Eso quiere decir?
— Exactamente.
— Pues yo hice lo mismo con esos cabrones; les abrí mis piernas aunque no tuviesen nada que ofrecerme, sólo sus pollas y sus almas llenas de mierda. Amparo a cerdos en mi cama como Dios ampara personas en sus Iglesias.
— ¿Comparas tu persona con Dios?
— Comparo mi vida vacía con Dios, sí. ¿Qué diferencia hay? A los dos nos necesitan sólo cuando algo va mal.
— ¡Te equivocas!—vaya, se ha ofendido el cura buenorro—hay personas con fe, que acuden a Dios cada día...
— ...¿Y nunca le piden nada?
Dios está para recibir plegarias siempre.
— ¿Y él qué necesita? ¿Alguno de sus fieles se lo ha preguntado alguna vez?
Él se alimenta de la fe cristiana.
— Acaba de decirme que Dios no pide nada a cambio. Yo, por ejemplo, yo no tengo fe y tengo pensamientos impuros estando aquí sentada, ¿Qué piensa Dios ahora? ¿Me echará? ¿Me vetará la entrada 'al cielo'?

...

En fin.
He decidido partir esta entrada, porque me parece demasiado larga. No sé si publicaré las demás partes—sí, son varias—porque hay ciertas cosas personales que no debería dejar al alcance del Mundo. Pero aun así quiero que tengáis este cachito, porque la visita que hice tras más de diez años sin pisar una Iglesia me ha enseñado más que el primer día de catecismo... Quizá después de todo no esté tan mal charlar con alguien que ve la vida de otra forma—rosa, muy rosa—y está acostumbrado a mujeres de toca y hábito, ¿Eh? 






Yo quiero un Nicolas Cage en mi vida, aunque sólo sea para un guión...


<<¿Eres deseable? ¿Eres irresistible? Si bebieras conmigo bourbon. Si pudieras sentir el picante de tu boca al besarme y sentir tu cuerpo desnudo, oliendo a bourbon mientras follamos... ¡Me vendría bien! Y así aumentaría mi estima por ti. Si derramaras bourbon sobre tu cuerpo diciéndome 'Bébete esto', si te abrieras de piernas y el bourbon fluyera por tus pechos y tu coño y dijeras 'Bébetelo', entonces podría enamorarme de ti porque entonces tendría un motivo para limpiarte y eso, ¡Eso! Demostraría que sirvo para algo.
Te lamería entera, para que pudieras irte a follar con otro.>>

'Leaving Las Vegas' 

Volvemos a ser el problema... ¿O quizá los hombres estén hechos de excusas?


<<—   ¿Estas casado, Manny?
   Qué va.
   ¿Mujeres?
   A veces, pero nunca dura.
   ¿Cuál es el problema?
   Una mujer es una ocupación para todo el día. Tienes que elegir entre ella o tu profesión.
   Yo creo que existe un desahogo emocional.
   Y físico también. Ellas quieren follar día y noche.
   Búscate una con la que te guste follar.
   Sí, pero si tú bebes o juegas, ellas se creen que estás despreciando su amor.
   Búscate una con la que te guste beber, jugar y follar.
   ¿Quién quiere una mujer así?>>


'Factotum'.— Charles Bukowski 
  

Guiones rutinarios Vol. VIII

— Siento como si el mundo no me quisiese dentro...
— Bueno, tú también echaste a ese que considerabas ‘‘tu mundo’’. ¡Le cerraste la puerta en las narices! Algo tenía que hacer el karma...
— ¿Matarme?
— No digas tonterías.
— Sí, fue oír sus zapatos bajando los escalones y noté como la Tierra empezaba a girar en dirección contraria a mis pasos: Me estanqué. Y aquí sigo; sin él, sin rumbo ni citas a las 6:00.

¿Me quiere?, ¿No me folla?, ¿Me folla?, ¿No me quiere?...



<<— No me has hecho el amor en dos semanas.
El Amor tiene muchas formas. El mío ha tomado una forma más sutil.
— No me has follado en dos semanas.
— Ten paciencia. En seis meses estaremos de vacaciones en París, en Roma...>>


...en Nueva York. Ya. Pero no me has follado en dos semanas. 

Y por ello hoy me siento menos guapa, ¿Sabes? Desde que te has ido tengo ojeras de simplemente no dormir, los únicos moretones que gasto son cortesía de las esquinas de mi mesa y (por si fuera poco todo lo anterior) ya no me quedan más excusas bajo la almohada...


Qué va. Miento. En realidad desde que te has ido todo es absolutamente igual que antes de que te pasaras por aquí. Menos en una cosa: Ahora pienso en ti de vez en cuando. Pero tampoco mucho.
Ayer, por ejemplo, me acordé de ti sólo dos veces: La primera al abrir la nevera; estabas ahí. Era como tener un déjà vu y morir de frío a la vez—<<morir>>, sí. Y si no me crees, que te lo cuenten mis pezones—. Descubrí que en el tercer estante empezando por abajo (ese que está encima de las verdurashabía cuatro vasitos de gelatina de fresa; roja como mis bragas. ¡Vaya 'buenos días'! Nunca antes había tomado café y gelatina a las ocho de la mañana, pero después de ti creo que nada más malo me puede pasar, ¿Verdad?
Después nos volvimos a encontrar en un bar...Ya. Ya sé que sabes que yo no bebo. Pero estabas ahí, dentro de la jarra de cerveza que llenaba el camarero delante de mi... Y te eché de menos. Era como tener sed y no saber beber a gallo. ¡No entendía nada! No soy de cerveza, no soy de hombres como tú, ni de flores, ni de miedos...y mírame; Bebiendo como si lo hiciese cada día mientras recuerdo tus manos, pienso en que este tanga de encaje azul aún no te conoce y noto como la Atazagorafobia me rompe el cuello en el momento que me giro esperando verte entrando por la puerta del bar y...

Vaya. No eres tú.

Con todo esto quiero llegar a contar que, en esencia, echar de menos no es algo que podamos controlar. Porque yo no quiero echarte de menos. De verdad. Odio hacerlo. Pero Hacendado y sus gelatinas y los Cien Montaditos con sus cervezas a un euro me hacen caer en la tentación de sonrojarme al recordar tu sucia sonrisa entre mis piernas. Y es que joder, eres como todas las cosas buenas de mi vida; estás ahí para mi y sé que te acabarás como la mejor de las promociones. Te agotarás, no estarás en STOCK, ni te fabricarán los chinos en una copia igual de sabrosa pero muy diferente... ¡Nada! Será lamerte, te desharás en mi boca y al día siguiente te irás tan lejos que mi metro setenta no podrá llegar de una zancada a tu sueño en esas noches que ni puedes ni quieres dormir. Tu presencia, en resumen, será como esa camarera que ofrece canapés el día de la inauguración del garito; toda sonriente, emperifollada,.. Y al día siguiente, cuando te pasas a las ocho de la mañana y quieres tomarte tu café, ella estará sin peinar, con ojeras y te servirá el cortado de muy mala gana. Sin darte siquiera la chocolatina de cortesía.
Pero lo peor de todo no es eso. Te lo juro. Lo peor de todo es que soy consciente y, a pesar de ello, sigo iPhone en mano intentando comprar un billete para ir a verte. Sigo sufriendo porque no sé usar la puta aplicación de Renfe y porque sé que no debería volver a verte—bueno, verte sí; dejar que me folles...eso es lo que no debería—y aún así lo voy a hacer. Voy a dejar que mis ganas galopen sobre ti hasta cansarse y dejarme en la puerta de mi casa, decidiendo si entrar o quedarme escuchando alguna ridícula canción de tres minutos que me haga olvidar el hecho de que he vuelto a jugar con tu alma, apostando la mía...  



Supongo que así son las cosas fáciles y sin complicaciones: Que te encantan y justo antes de llegar a ese punto de aborrecerte cogen, y desaparecen. Hace mucho tiempo que esperaba vivir algo así para ver cómo se sentía ser para alguien sólo cuando a ese alguien le apetece ser para ti, pero nunca sospeché que me acabaría gustando este estilo de vida. O de no-vida. O qué coño sé yo... La única verdad absoluta que defendería a muerte ante el mismísimo Descartes es la de que estar sola es un poco más fácil cuando alguien viene a compartir su soledad contigo, aunque el secreto del éxito de una conexión así reside en que los integrantes sólo se pueden rozar con el dedo corazón... Y eso ya nos complica la aventura.

Necios...

Hoy, a las 11:34 a.m., en este caluroso 10 de Julio del 2013, he llegado a una conclusión: Los humanos hemos asesinado el infinito. Y con ello nos hemos anclado los tobillos al paso del tiempo. Inventando las horas, los días, los meses, los años... Limitándonos así a una medida y, ¿Para qué? Nos hemos fallado. Porque si lo pensamos sin tiempo no seríamos ni viejos, ni jóvenes. Ni 'se nos pasaría el arroz', ni sería jamás 'demasiado pronto'. Seríamos simplemente 'personas' si no nos hubiésemos auto mutilado de esta manera.
¿Quién necesita tiempo? ¿A quién le gusta llegar tarde? ¿Realmente alguien ama esperar? Yo, desde luego, no. Pero a dónde quiero llegar es a hablar sobre la sangría que hemos montado con 'el infinito'; ¿Qué nos habrá hecho para acabar así? Encerrado bajo una tapa de cristal que no se raya y apuntado eternamente por tres varillas, callando sus gritos de socorro bajo un molesto y caótico tic-tac... ¡Ay, lo que daría yo por ser infinita! Por no esperar a las 7:30 para poder comerte la boca, ni saber que en poco tiempo vas a desaparecer...

¡Como si no fuese suficiente el Amor como para encima inventar el Tiempo!

Miradas y arrugas.

Subir al autobús, y ver como dos amigas de unos 70 años se despiden. Una sube, la otra se queda en la parada. Y en el instante ese en el que cierra la puerta y la señora camina hasta su asiento, yo observaba a su amiga; ésta no quitaba la mirada de su compañera, una mirada que partía el corazón porque susurraba a gritos un 'mírame'. Una despedida más...

La viejecita no dejó de mirar hasta que la otra le sonrió y se despidió con un leve meneo de mano. Y ahora yo me pregunto: ¿Cuánto de importantes son las despedidas? ¿Se espera más de ellas cuanto más has vivido? ¿Con los años duelen más?... No lo sé, sólo os puedo decir que esa mirada me ha roto por dentro y me ha dejado aquí; con mi vestido, mis tacones, mi carmín de Dior y sin nadie que me mire gritando con los ojos un 'que se gire, por favor, por favor, que me mire una vez más...'




"Las mujeres se enamoran por lo que oyen, los hombres por lo que ven... Por eso las mujeres se maquillan y los hombres mienten."

Os cuento un triste...


¿Conocéis el origen de la sonrisa?

Hace ya mucho tiempotanto que ni siquiera sabría aproximar—existió una mujer tan triste, que cada vez que pasaba cerca de uno de esos músicos de calle, éste desaprendía cualquier canción de amor y sólo podía tocar melodías fúnebres. Lo mismo les pasaba a los poetas; ya nadie supo amar. Nunca. Ninguno de ellos volvió a escribir un ‘te amo’ e incluso dicen que ella mató al último bardo con una de sus miradas enmarcadas en nubes (Yo no lo sé, no lo confirmo, porque sería cuestionar a los que ahora presumen de sus rimas...). El caso es que ella era cortesana; una hetera de la antigua Grecia, la puta más cara de Madrid... Cómo queráis. Y recorría bares, posadas y mercados buscando hombres dispuestos a llorar y pagar por sus servicios.

Mientras tanto, al otro lado del pañuelo, contaban que vivía un hombre que lo tenía todo. Él era feliz. Y se le conocía porque era de esos tipos que siempre sabías dónde andaba bebiendo cerveza porque su risa estridente resonaba a kilómetros.
Bueno pues, como todos sabéis, cuando una persona lo tiene todo sólo vive para poseer aquello que los demás desgraciados dan por imposible, aunque realmente no exista o ni siquiera le haga falta; la solución a la muerte, el iPhone 7, la única puta triste que en vez de ladillas te pegaba su desgracia...

Y la hizo llamar.

Tras un largo viaje, ella apareció en aquel bar en el que ese hombre feliz reía junto a sus amigos. Se acercó ytras hacer callar a toda la mesa con su bella presencia—le posó su fría mano sobre el hombro y le hizo saber que le esperaría en una de las alcobas de la posada del pueblo.

Él llego a la cita más pronto que tarde; excitado por la emoción de añadir a su lista absoluta el nombre de esa tristemente famosa cortesana. Reía por la gracia de su propia fortuna, mientras se aflojaba el cinturón y hacía salir sus pies de sus botas de cuero. Entonces, entró ella.
La tenue luz del candelabro se hizo más tenue aún, si cabe. El calor de la chimenea de la esquina dejó de calar en la piel, para dejar paso a la humedad que ahora sucumbía a través de las ventanas por la lluvia que ahora empezaba a conquistar el oscuro callejón. Y ahí pasó todo:
Se dispuso a comenzar con su ritual cuando nació cierta tensión en aquel cuarto... ¡No podía ser cierto! Cayó en la cuenta de que entre la dicha y el perfume caro de ese idiota no había amor que destruir, ni ilusiones que romper, ni sueños que matar. En él no había nada. Nada que su vestido gris—ahora tirado a su alrededor sobre el suelo de madera—pudiese acongojar...
Lo miró sorprendida y asustada, y no pudo hacer más que sollozar profundamente. ¿Aliviada? No lo sé. Quizá sólo estaba intentando aprender a no sufrir. Lo aprendía en ese justo momento...

Él la estaba observando. Sus juguetones dedos dejaron de girar la copa de vino que aguantaba entre los dedos y—sin dejar ni un solo segundo de mirar a su desnuda sierva gris—se levantó del sillón para dar los tres pasos que separaban a Tristeza y a él, Júbilo. Le puso su gran mano sobre la tez y notó algo extraño en su propio pecho; algo le estaba faltando al hombre que lo tenía todo: YA NO REÍA. Ahora sus ruidosas carcajadas se reducían a una leve franja entre sus labios. Una extraña curvatura que no sabía controlar; que estaba ahí y desaparecía, y volvía, y desparecía de nuevo...
Tristeza pasó dos dedos por los labios de aquel necio; se sentía divertida. Sin saberlo, claro. ¿Cómo iba a divertirse un alma en pena? No sé, ni ella tampoco, ya os digo. Pero la misma curva tonta se tatuó sobre su desalentada boca.


Bueno, no voy a entrar en detalles... Sólo queda decir que, a partir de aquella noche, los poetas aprendieron a escribir sobre amor sin morir en el intento y los músicos callejeros tocaron canciones de desamor mientras las parejas bailaban abrazadas en medio de la plaza. El mundo se volvió loco; las personas aprendieron a estar felices aun teniendo razones para no serlo, y los felices incluso lloraban a veces. Todos sonreían. ¿Y qué podía pues, ser la sonrisa, si no el son de un sollozo y una risa?

Sin acento, día y noche, haríamos lo mismo


Día y noche, sólo como tu corazón.
Día y noche, solo cómo tu corazón.
Noche y día, tu corazón y yo
 comemos juntos. 
Estamos solos.

Chicas tranquilas y limpias con lindos vestidos.

<<Necesito una buena mujer,
necesito una buena mujer,
más de lo que necesito esta máquina de escribir,
más de lo que necesito a mi auto, más
de lo que necesito a Mozart.
Necesito tanto una buena mujer que
puedo saborearla en el aire, puedo sentirla
en la punta de mis dedos,
puedo ver veredas construidas
para que sus pies caminen,
puedo ver almohadas para su cabeza,
puedo sentir mi risa que espera,
puedo verla acariciando un gato,
puedo verla durmiendo,
puedo ver sus pantuflas en el piso.
Sé que existe
pero, ¿Dónde está ella en esta tierra
mientras las putas continúan llegando?.- >>


—Charles Bukowski. 

Perra vida.



Esto Bukowski tampoco lo escribiría así. 
Aunque admito que yo solita me he buscado que me trates como a tu perra; esa única necia que espera junto a la puerta a que vuelvas de comprar tabaco. Y ni siquiera me gusta que fumes. 

 Me paso los días olisqueando el aire que entra por debajo de la puerta de la entrada y huelo de todo menos a ti; la cena de la vecinaDios sabrá qué será eso que la señora echó en su cazuela—, esa rata que murió hace unos días debajo de las escaleras del portal, la mierda que alguien pisó y limpió de su zapatilla en nuestro felpudo... La verdad es que nunca me ha gustado esperar. Lo odio. Hasta juraría que lo detesto si no fuera porque cuando llegas se me olvida.


 Si es que llegas, claro.


Ya que últimamente lo único que noto es que me sonríes y me abandonas con la misma frecuencia, y no sé si eso me gusta—aunque sé que tú crees que sí, ¡Cómo no! Siempre que leo tu nombre el meneo de mi cola pasa a ser un metrónomo que se dedica a medir el tiempo y la velocidad con la que tocas a la puerta. Y no, estúpido, no estoy creando ningún drama sentimental. Te explico: Lo mejor de los animales es que hacen creer que te quieren incondicionalmente, mientras la única y triste verdad es que viven atados a ti por la necesidad de un cobijo, comida y algo de mimos. Qué asco de verdad. Pero gracias a ella es por la cual te chupo los dedos en vez de morderte la mano; porque me das de eso: Me alimentas. Me sacias de ti y no puedo evitar echar de menos la saliva que me da de beber. No sé si me entiendes...

Bukowski también tuvo una perra, ¿Sabes? Una perra que aparentemente le amaba y esperaba tumbada en la entrada a que él volviese de alguna de sus borracheras. Y el maldito viejo la abandonó. Sí. Porque estaba tan falto de amor que pensó que si la abandonaba al menos habría alguien en el mundo que le echaría de menos. Tan sabio como estúpido. Y ella le olvidó. La perra, digo. 


A donde quiero llegar es a hacerte saber que me encantaría follar contigo a todas horas; acogerte entre mis piernas cuando el mundo se te haga pequeño y te ahogues incluso en tu jarra de cerveza. Sería un placer decirte por teléfono lo mucho que echo de menos tu polla cada una de esas veces que me llamas a causa de algún arrebato que aún no logro entender. Pero creo que por mucho que me guste lamerte y notar esa inquietud en la tripa mientras subes los escalones; yo no soy de esas. Ojalá, de hecho. Estaría bien. Pero a diferencia de la cachorra de Bukowski; yo sólo puedo esperar tu vuelta si además de tabaco, tus problemas y borracheras traes algo para mi. Lo que sea, de verdad. Puedes pincharme con tu barba de tres días, sonreírme y regalarme ese hoyuelo. Puedes recomendarme una película o contarme lo mucho que te ha gustado un libro. Puedes darme silencio. Puedes odiarme. Pero, por favor; no me hagas sentir más abandonada de lo que ya lo estoy. O al menos utilíza mi necesitadad a tu antojo sin que a mi me duela.



Gracias.







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<<Chinaski, el gran amante. Si yo fuera un hombre de verdad, pensé, la violaría, le prendería fuego a sus bragas, la obligaría a seguirme por toda la superficie del planeta y haría que se le saltasen las lágrimas con mis cartas de amor escritas en fino papel de seda de color rojo.>>





Guiones no tan rutinarios Vol. VII


<< — Me voy a ir a la cama...
— No. No quiero que te vayas a dormir sin mi.
— ¿Y qué quieres entonces? ¿Qué quieres de mi?
— ¿Que me ames?
— Lo haría. Pero estás lejos y sospecho que también borracho.
— ¿Y qué problema hay?
— No hay que amar nunca a un hombre borracho.
— Pero, ¿Por qué?
— Porque tú te levantas pensando en la resaca, y yo en ti.
— Mis resacas son demasiado más nostálgicas que tú. Te lo puedo asegurar.
— Puede ser. No quiero competir con tus resacas. >>

Chin, chin.


Y después de mucho cavilar por recuerdos e imaginarnos sin censura, me salió el alma por los poros exigiendo verte de nuevo, ¿Sabes? Tal y como suena. Hacerle caso sería un disparate; un 'dispárate en la sien' susurrado al oído por el miedo al rechazo. Entonces lo supe: Sólo me entenderías si subieran los grados, y pensé en mandarte mensajes en botella pero, ¿Qué hay más etílico que mi piel?


Ven a (be)verme.

Dame horas.



<< — ¿Por qué coño es la una, y tengo la sensación de que son las seis?
— Pues no sé, corazón. Igual deberías descansar y dejarte de barras.
— Me voy a ir pronto para casa. Pero me acuerdo de esas bragas rojas...Y quiero irme a la mierda. O a un lugar donde jugar contigo.
— Ay...
— ¿No me das una hora? >>


Lo mejor de los cerdos con alma es que sólo te pedirán sexo y horas. O sexo por horas. U horas para gastar en sexo. Nada más; ni corazones ni flores ni bombones. Y es que a veces las mujeres ni queremos ni necesitamos esas cosas, qué va. A veces sólo nos urge un azote y ese susurro que diga: 'Nos ira bien. Todo nos saldrá bien por separado.'

Las promesas con amor no siempre se cumplen.
Las promesas deben conllevar rabia; sólo así. No hay otra manera.



_Os lo prometo.

A pesar de que tus resacas sean mucho más nostálgicas y bonitas que yo, tengo quedecirte una cosa...


Bukowski no lo escribiría así; él diría que tuvimos un mal día, un mal polvo y mucha mierda encima.
Nos llamaría 'gilipollas' y resumiría nuestras vidas en 'tristezas patológicas'. Igual hasta nos daría dos hostias, aunque dudo mucho que dejase que su vaso de whisky se derramara por semejantes idiotas. Qué va. Simplemente  se quedaría mirando cómo follamos y al acabar se encendería su cigarro apagado horas antes contra la suela de la zapatilla. Y reiría. ¡Oh, no te imaginas cuánto reiría! Y después, sin decir nada más—sólo toser, toser mucho—cogería su máquina de escribir y teclearía mientras nosotros le miramos sin entender nada. 

Al acabar, nos tiraría un amarillento folio manchado de café sobre una de las camas y marcharía de esa habitación, no sin antes levantar mis bragas rojas del suelo y dármelas con una sonrisa de cerdo pintada en su deteriorada cara. 'Hijo de puta', susurro, mientras las cojo y veo como se aleja cerrando la puerta tras de sí. 

Y nos quedamos solos en esa habitación. ¿Te acuerdas de ella, no? Qué mierda de habitación era. Joder, ¿Recuerdas? En realidad no sé ni por qué me metí ahí contigo. ¡Contigo! Igual me creí mi 'no puedo', claro... 'No puedo, no debo pero Dios cómo me pones.' Esa era la triste verdad.

En fin.

Cogí el papel. ¡Vaya tú! Resulta que ahora él era nuestro factótum, tú la máquina de follar y yo esa mujer que no se sabía bien si era modelo o prostituta...


 'Hijo de puta', volví a susurrar. Qué menos:



<< 'EL POLVO MÁS TRISTE DEL MUNDO' Charles Bukowski 
No os engañéis por el título y su sentido irónico; a veces las cosas buenas no tienen por qué hacernos felices. A veces tan sólo nos hacen olvidar que no lo somos.
Esta fue una de esas cosas. Bueno, más que cosas, fue uno de esos polvos. De los 'sin querer' que ambos quieren y que sólo pasan si uno de los dos deja de hacer el gilipollas por un momento y decide que si algo no tiene que pasar no se mete en tu habitación ni se tumba a tu lado en la cama.

 Ni te sonríe, ni lleva lencería, ni te la pone dura...

Y claro; pasa. No como ninguno de los dos esperaba—porque lo esperaban, yo sé que lo hacían, pero pasa y me toca a mi ver el desastre que montan dos auténticos gilipollas en unos minutos. Hay que joderse. Joderse y escribir, porque al fin y al cabo en esta habitación que huele a sexo, desodorante y tabaco se han juntado un par de historias que nada tenían que ver. Aparentemente. Porque los desgraciados trajeron consigo más que sólo ganas: Él era de los que hablaban de amor pero sólo sabía follar, y ella follaba para desaprender a amar. Y así, amigos; así se entendían. Aún sin saberlo. Y como no lo sabían tampoco pudieron satisfacerse, ¿Sabéis? Y no hay nada más triste que eso, ni siquiera sus soledades.

Vaya lío, ¿Eh? Lo que quiero decir es que realmente no estuvo bien lo que hicieron. No estuvo bien en sí, la mierda emocional, moral y todo eso me la suda. No estuvo bien porque ella se moría de ganas por limpiarle esa gota de semen con el dedo corazón y chupárselo mientras él la mira, y no lo hizo. Él tampoco estuvo aplicado, ¡Nada aplicado! Aún estoy intentando imaginar qué pasaba por su cabeza para que no se la follase de todas la formas posibles, ni por qué estúpida razón no le dejó una marca de dientes en esa nalga blanca... Yo lo hubiese hecho. 

Creo que muchas veces las personas pensamos demasiado. O no lo suficiente. Y como estos dos a parte de ser unos miserables también son personas pues ahí está la respuesta: La una tuvo miedo; miedo de que él pensase 'algo' de ella—las mujeres son así, dejadlas. ¿Y él? Él creo que simplemente tuvo prisa y no pensó lo suficiente en qué estaba pasando—así somos los hombres, es meterla y nos da igual que de fondo estén Los Simpson o una ópera de Vivaldi

Porque, al fin y al cabo, ¿Qué demonios saca un hombre de pensar?, sólo problemas.

No sé, quizá ya soy demasiado viejo, borracho y loco como para juzgarles. Después de todo no han hecho nada más que follar. Da igual la manera. Pero sí hay algo que me gustaría decirles a ellos y a vosotros: Necesítense. Ni amen, ni odien, ni recen. Sólo necesítense como perros y satisfagan ese impulso; follen aunque esté mal y, lo más importante: aprendan a no pensar mientras lo hacen.>>
...



Ahora es cuando vuelvo a la realidad y me encuentro hundida en este mugroso asiento del autobús, maldiciéndome por no haberte lamido lo suficiente; por no haberme quedado esta noche contigo para besarte la espalda mientras te duermes... Porque lo necesitaba. Necesitaba ser esa perra que te lame las heridas que ni tú mismo te ves. ¿Y sabes por qué? Porque un viejo verde me enseñó que las llagas de nuestro corazón sólo las podemos sanar si logramos enmendar el dolor ajeno, aunque sólo sea por unas horas.

'Autodidactismo emocional'. Si no existía, lo acabo de inventar.



Hoy. 5 mar 01:19 a.m.



-Borradores-


Tic-tac-tú... Siempre dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar, pero yo aún no estoy en tu cama. 

Ay,.. Supongo que será el karma, o es que en el tren ya no quedaban sitios para mi, o tal vez estos kilómetros se han enredado en mis tobillos... No sé. Pero sea como sea qué más dará llorar a estas alturas, si sólo me pueden abrazar las nubes.


...


Mejor me tomo un café, retomo la monotonía y vuelvo a aquel remoto vicio de espiar de forma descarada a los que, como yo, no tienen nada mejor que hacer que comprar tiempo en taza por 1,80 euros en este bar situado en el mejor tramo del paseo marítimo.

'El lobo marino'. Muy ecléctico, ¿eh? Llevo sentándome en este viejo rincón desde hace diez años y me sigue gustando tanto o más que el primer día que pisé el chirriante escalón de la entrada enfundada en mis chanclas con calcetines—sí, yo también he sido guiri—. Me acuerdo de que aquí la Coca-Cola siempre estaba más rica, y que a pesar de lo mal que olía el baño de señoras yo tenía que visitarlo al menos una vez en cada ocasión. Todo por verme reflejada en aquel espejo oscurecido por los bordes; enmarcado por un marco ostentosamente dorado y colgado sobre ese papel de pared con flores rosas ligeramente arrugadas en las zonas donde la vieja humedad quería hacerse un hueco entre todo ese arte decorativo.
Me encantaba, y aunque mi madre chillase enloquecida para que no tocase nada, yo me sentía como una princesa pirata que meaba en el wáter más lujoso del reino; acicalándose después reflejada en un viejo espejo tras el cual seguramente había escondido un mapa del tesoro que yo nunca pude hacer mío porque mi Señora Madre decía que todo estaba 'lleno de mierda'.

Sí, yo era así.

Y ahora también lo soy, aunque he cambiado la Coca-Cola por el ron y la última vez que pisé ese sucio baño era para echar un polvo. Pero la esencia sigue siendo la misma, y la cabeza del lobo marino situada en el tejado del bar sigue sonriéndome de forma pícara cada vez que me divisa, dispuesta a tomar tiempo en cantidades industriales mientras le cuento al viejo camarero quién es el afortunado bribón que en esta ocasión ha osado robarme las bragas...

Hoy, curiosamente, venía a eso. Pero al ver que Josep estaba demasiado ocupado sirviendo a los ingleses de las otras dos mesitas, he decidido contaros mi historia a vosotros:

Veréis, mi problema comenzó en 1997. Cuando tenía cuatro años, cambié 'La Sirenita' por 'Titanic' y le dije a mi madre que el amor es lo que te hunde, no lo que te saca del agua. Desde entonces, he ido dando pequeños pasos hacia lo que yo llamaría mi 'hecatombe sentimental'. Y todo iba rápido: A los siete años lo que más me gustaba eran las Barbies y a los catorce ya aprendí para qué servía una polla.
Ya veis; el mundo no me dejaba tiempo para la improvisación y a esas edades yo lo único que sabía hacer era vivir... Aparentemente.Y digo eso porque si a los cuatro me enamoré de DiCaprio, a los siete de Ken y a los catorce de un hijo de puta es que algún factor había ahí; haciendo que mi pequeño, frágil e inexperto corazón desease bombear a mil por hora mientras yo buscaba amor en cada bragueta del tesoro...

Ay, seguro que leyendo esto no podéis sacar otra conclusión distinta a la de que soy una zorra de nacimiento. Que es verdad, pero creo que esa virtud/maldición me ha hecho plantearme más de una hipótesis sobre la vida que sin ser yo tan zorra—ni vosotros los hombres tan cabrones— podría haber hallado.

Por ejemplo:

Hipótesis #1- No es oro todo lo que reluce, ni paquete todo lo que marca ese pantalón.

U otra:

Hipótesis #2- Las tetas no dan la felicidad —De hecho, tener pocas me ha salvado de más de un apuro ahorrando movimientos bruscos gracias a no llevar sujetador—.

Y ésta, mi favorita:

Hipótesis #3- Un caballero debe saber que, en el amor, la dama se corre primera.

Ésta última la pongo en duda y a su vez la respaldo por dos cosas: Lo malo de las mujeres es que no siempre/casi nunca nos enamoramos de caballeros. Y la después porque hay caballeros que sin necesidad de amor te hacen sentir Reina. Creedme, sobre todo en eso último. Porque lo segundo más importante que quería comentarle a Josep (ahora entretenido con 'el clásico', dando golpes en la barra mientras murmura algo sobre un tal Valdés) era que estaba cansada de ser la pelandusca del puerto y ahora estaba tras la pista de uno de esos 'caballeros'...

El caso es que—a pesar de no ser de las que busquen— el otro día me iluminó la idea de que quizá no encontré al hombre 'ideal'—si es que eso existe— porque estoy demasiado anclada a mis héroes literarios; a esa idea de 'caballero andante', o como mínimo un príncipe con tres castillos en el extranjero y que sepa leer. No sé, tampoco es que pida mucho, pero me hice una lista mental algo (bastante) extensa y con ella venía a llorarle a Josep, que es mi caballero andante de sesenta años y seguramente sabrá salvarme de esta torre a la que he escalado yo solita con mi consolador rosa y mis libros bajo el brazo.

Ay. La de cerdadas que hago en mi torre... Pero me temo que hoy no me voy a meter en detalles porque creo que la señora de la mesa de detrás está leyendo descaradamente todo lo que tecleo en el iPad, como si de una novela latinoamericana se tratase.

Mamasita, ¿¡Qué pasó con la mujer que sho era antes!? 

La que de mayor sólo quería ser pirata, prometiéndome a mi misma que la paga que guardaba en un bote bajo mi cama la gastaría para comprarme un loro y, ¿Qué hice? Ir a verle. Y comprar condones.

¡En fin!

Volviendo al tema y si habéis llegado hasta aquí, os voy a dejar uno de los puntos clave de mi 'Lista de Requisitos Indispensables en el Amante Ideal'. Luego lo comentamos. Allá va:


Punto VI. EL AMANTE IDEAL DEBE SER CULTO.



Debe denotar interés en las conversaciones sobre literatura (ya sea clásica, moderna o una absoluta basura). Ver la cultura en sí como un buen punto de apoyo, sobre todo cuando necesitas soportar las embestidas y no tienes nada más a mano que una estantería llena de novelas y clásicos. Entre los cuales no es necesario un tomo de 'Romeo y Julieta', pero sí sumarán puntos pequeños imprescindibles como Bukowski, Bécquer y un par de perlas más como, por ejemplo, 'Crimen y Castigo' o 'El Conde de Montecristo'...


Juntadlo todo, y decidme si alguna vez vuestros orgasmos supieron a algo que se pareciese a esa mezcla de ron barato con polvo se ceniza en el fondo del vaso. A amor carnal; de ese que nos hace morir de sed cada vez que esa persona traga saliva. A pecado, a traición, a desprecio. A pasión, a credo, a divinidad...

Joder. Vale.

No es tan importante que os cite más requisitos recogidos en mi lista, porque supongo que vosotras ya tendréis la vuestra —y  porque estoy notando su aliento en mi desnuda nuca, señora—pero lo que sí me gustaría comentar antes de pedir la cuenta y volver al mundo real es algo que he aprendido mientras os contaba todo este marrón: Las mujeres somos unas completas idiotas.
Sí, porque fijaros en cuánto nos complicamos algunas; en cuánta importancia le damos al dolor y al amor, en cuánto estamos dispuestas a perder a cambio de un poco de cuento, a pesar de que sabemos con antelación que las perdices nos tocará cocinarlas a nosotras, y que lo más probable es que nuestro príncipe llegue tarde y acabemos comiéndolas solas.

Tristemente felices y solas. 

Porque así es nuestra naturaleza, aunque luchemos contra ella y nos digamos cada día que estamos más guapas sin hombres que nos pongan ese molesto mechón de pelo detrás de la oreja. Aunque creamos que podemos ser sin ellos, que podemos, ¡Claro!, pero venir a un bar y pedir un Martin Miller porque sabes que él llegará de un momento a otro y al besarle le sorprenderás con su sabor favorito no es lo mismo que venir y pedirte un ron cualquiera porque lo único que te apetece es quemarte la garganta para no volver a gemir su nombre nunca más.

No. 

Nunca será igual esperar una sonrisa que un olvido, por eso nos damos cuenta—mientras cocinamos nuestras perdices—de que nos vale con que simplemente nos amen y follen bien, porque entendernos no nos entendemos ni nosotras, siendo sinceras.

Siempre estaremos buscando 'algo más', aunque probablemente ya lo tengamos todo. Siempre que echemos un polvo pensaremos que pudo ser mejor, que pudimos chupar un poquito menos o gemir algo más fuerte. Siempre. Pero no por eso debemos obsesionarnos; necesitamos aprender a ser mujeres. Y no hay mejor forma de hacerlo que asimilando el hecho de que el Mundo y los hombres son mucho más sencillos que nosotras.

— ¿Verdad, señora?